domingo, 27 de março de 2011

El Emperador Mestizo

EL EMPERADOR MESTIZO

Dos Romas han caído, pero la tercera aún permanece. Y una cuarta Roma no habrá.

Philoteus el Moscovita. c. 1520

Se dice sobre ella que en 1580 era la ciudad más grande del imperio español y la tercera orbe del mundo, con más de 150 mil habitantes

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Corrió a pesar del dolor, a sabiendas que iba lento. Su malogrado corazón no le permitía acelerar el paso. Las Piernas le hormigueaban y su cuerpo ya no lo sentía propio. Por momentos, salía fuera de sí y se espiaba desde lejos acorralado, a punto de sucumbir como una bestia herida y alocada con el vapor cercano que le respira encima un cazador acechante. El latigazo en el pecho lo devolvió a la realidad. Su perseguidor le acortaba la ventaja a pasos certeros y veloces. Creía que podía ver a sus espaldas cómo el enorme torso de su perseguidor inminente se le hinchaba del aire enrarecido de la glacial mañana. A él, su Dios ya lo había abandonado, no le restaban más fuerzas ni las reservas de dónde extraer otras fuerzas. A su enemigo, en cambio, el demonio lo ayudaba a alcanzar velocidades imposibles contra las cuales un buen cristiano no podía oponerse.

Cruzó por el callejón hacia un muro de elevación media y saltó sin mirar adónde desembocaría. Al caer, lo invadió un dolor intenso e inmediato. Miró hacia hacia sus piernas. Su tobillo se le había doblado. Agotado, bañado en puntos de sudor helado, arrastró los pies a través del oscuro y frío patio. Se distrajo con la visión, ya que había clareado un poco y entre la densa niebla descubrió que se hallaba en el patio de un monasterio. Frente a sí observó una hermosa fuente. Le pareció reconocer a la efigie en bronce de cuya trompeta emergía un chorro de agua. Se trataba acaso del Apóstol salvador de la plaza de Cuzco, donde hacía más de cuarenta años su fe en él los había impulsado a la victoria. Le habría enviado su Dios una señal de que sería salvo una segunda vez? Sintió el impulso de arrojarse al agua helada para apagar la sed de su cuerpo y, con ello, relajar su brazo izquierdo que, duro e hirviente, le ardía y sangraba como si se lo hubieran abierto de una estocada. Quería, después de refrescar su cuerpo, arrodillarse y rezar a la espera de su contrincante.

En vez de refrescarse en la fuente y orar, se perdió en pensamientos. No supo por cuánto tiempo estuvo fuera de sí. De pie en medio del patio, frente a la fuente y en silencio, recordó por qué era tan importante que no muriese en manos de aquel satánico malvado. Por lo menos, no antes de que la noticia se encontrare a buen recaudo. Un deseo renovado de supervivencia, la sensación de que no todo estaba perdido, le devolvió una pizca de conciencia. Se descubrió curvado, a punto de sucumbir al peso de su cuerpo. Luchó contra su cuerpo. Primero, se irguió. Luego, avanzó como pudo hacia la fuente, sujetándose el brazo inmóvil y arrastrando su pie doblado. Con el brazo que aún le era útil se palpó las túnicas y sujetó un bolso que llevaba oculto entre las ropas. Le costó un esfuerzo descomunal, pero logró mover su brazo libre. Apuntó hacia un agujero negro empotrado a una pared del convento. La bolsa silbó por el aire y logró atravesar la ventana. Ahora quedaban tres opciones para aquel secreto: que se perdiese por siempre, que lo recuperase el enemigo o que lo descubriese una mano amiga. Que Dios decidiese, pues ese futuro ya no estaba en sus manos, sino en el de la divina providencia. Y ese futuro, fuera del gusto de quien fuera, ya era una mano decidida.

Pensó en gritar. Tal vez podría alertar a los monjes y algunos de ellos saldrían al patio. Serían su escudo de defensa o, en el mejor de los casos, su presencia espantaría al feroz infiel, quien se encontraría a descubierto y en desventaja. Pero antes de que lo intentara, el dolor de la nada aumentó y le llegó hasta las sienes. Intentó sobreponerse una vez más y resistir al mareo que lo llamaba a caer y dejarlo todo a la suerte. Paró. Intentó tomar aire. Abrió la boca y exhaló con toda la fuerza que le quedaba. Pero ningún sonido útil emergió de su garganta, sino, todo lo contrario, un gemido débil que no podría llamar la atención de nadie allá adentro.

El ruido que escuchó lo obligó a voltear el cuerpo, promovido por el miedo, con lo que le restaba de energías, no sin que antes pausara, como si supiese que sería su último amanecer, a darle un vistazo al cielo violeta que se encendía y clareaba el patio a medida que avanzaba la madrugada. Miró con dirección a la cerca. Encima del muro, emergió la figura enemiga. Apenas lo vio, un temblor lo sacudió desde la médula hasta las plantas de los pies. Era increíble que sintiera eso. Se había creído por encima del miedo, que para él era cosa de indios y de mujeres.

El guerrero enano se descolgó del muro como si aquel fuera su arte. Avanzó sin mirarlo, sabiendo que no había peligro. Daba pasos medidos, calculados. Sus ruidosas sandalias eran lo único que resonaba entre los muros del patio aparte de su propia respiración ajetreada. El guerrero se situó a pocos pasos de él, quien, jadeante y con el pecho apretado, no pudiendo respirar más el aire fino y reseco de Potosí sin atorarse, cayó de rodillas. Nada más se movía alrededor. Ambos se miraron, midiéndose el uno al otro. Reinaba un silencio completo por todo el patio.

Sabía que, aparte de la enredada maraña que dictaba su final, en el fondo sería por una mujer que moriría, y por lo menos eso lo dejaba más tranquilo. Moriría enfrentado con Dios, habiendo pecado infamemente por haberla tomado en sus brazos y gozado de su cuerpo, por habérsela robado a ese afeminado de Loyola, su futuro marido y pieza de esa conspiración que ahora era su deber desvelar. No quiero ir al infierno, pensó. No quiero ir al infierno y no debería, aunque haya fornicado con esa mujer. Es mi deber salvar a Dios de esta infamia jesuita, salvar a mi Rey. Casi creía poder ver su imagen, la imagen del Rey de España, mirándolo con dulzura, perdonándolo, orando por su salvación, ofreciéndole la mano como si fuese el más especial de sus súbditos.

Y entonces recordó sus manos de piel como la madera más refinada que existiese. Él las había apretado tiernamente mientras la libraba de las mantas que le cubrían el cuerpo. Recordó, también, su aroma tóxico que parecía manarle de su piel erizada y cuya fuente más dulce eran esos pezones negros que había besado como si ése fuera el único objeto de su vida. Había disfrutado de sus labios como un pordiosero desnutrido lo hiciera con su pan. En medio de esa oscura selva negra de pubis había bebido de su himen virginal y se había hecho hombre y a ella la había dejado mujer. La había poseído completa y la había hecho gritar como se hace con un caballo cuando se lo azota en el sudor y fuego salvaje de la batalla. Sintió que había cabalgado sobre ella como si de un maravilloso ser mitológico se tratase y que había vaciado toda su alma dentro de su cuerpo del color de la madera más bella.

Y habían dormido juntos como si fueran marido y mujer, como si todos los años del mundo y todos los documentos de la tierra los respaldaran. Se habían mirado desnudos como si un solo linaje los uniera y estuvieran destinados a amarse por siempre en aquel catre. Y fue en esa cama, con Beatriz Clara Colla abrazada y apegada a él como una criatura, había sido descubierto por un tío de la princesa, quien había gritado la tragedia y puesto a un contingente entero a perseguirlo.

A caballo escapó de la celada, consciente de que había arruinado la virginidad necesaria de la princesa, la que requiriera el Papa Negro para invocar una nueva monarquía y concebir un varón que fuese emperador. Una mujer y una aventura, como con todo héroe de toda historia digna de ser contada. Por causa de Eva, Adán perdió el gobierno del paraíso. Por causa de Helena, Troya ardió y se perdieron sus augustos edificios y palacios para siempre. Y esto fue lo que le dijo al enano cuando este se acercó lo suficiente y, en vez de acabarlo, se sentó a observarlo con un gesto de curiosidad en los ojos. Él también decidió que se sentaría. Había llegado la hora del enfrentamiento, y su oponente había escogido las palabras como primera arma.

Por qué no me acabas, le alcanzó a preguntar con un hilo de voz, respirando muy hondo, casi en la frontera donde su alma podría fugarse para siempre hacia los subterráneos de la muerte. El enano, sentado al frente de él, no se interesó en responder. Sólo lo observaba.

El Enano empezó a hablar. Había dejado sus dagas posadas sobre el suelo y había adoptado la posición de los Guereros de Tijera cuando meditan. Sin duda, se trataba de uno de esos pactadores del diablo, de esos asociados a los jesuitas y gestores de la horrorosa rebelión que había intentado deponer

Has mencionado a Helena de Troya, dijo el Enano en pésimo español e intercalando expresiones en Quechua. Has mencionado que imperios enteros han caído por culpa de las mujeres. No obstante, le dijo, había sido gracias al fuego mortal que sobrevino a los troyanos, que un nuevo imperio vio la luz de su signo despertar y ascender a través de las constelaciones celestiales. Aunque la armada griega regresase victoriosa a conocer el reinado minoico luego su esplendor clásico, el sol del Peloponeso ya había ingresado a la bóveda declinante de su atardecer y se doblegaba en el horizonte agachando la cabeza frente al hermoso y rampante sol romano que por encima lo superaba.

Pero todo eso no se lo decía el Enano. El Enano sólo había mencionado a Helena. El resto era fabricación de su propia mente, de su propia conclusión sobre las cosas que acontecerían. Pues lo que dijo el Enano es que lo que falló con Troya fue que Helena no parió hijos de Paris, su raptor. En cambio, Hidalgo, dijo el Enano, aunque le hayas robado la virginidad a su alteza y con ello hayas arruinado la estirpe de los Loyola, también nos has entregado un hijo concebido con esa virginidad. Y ello es suficiente. Y por ello es que no voy a matarte.

Le parecía que su vida la había vivido en otra estación. Fue una primavera que le había durado hasta la llegada a la Villa Rica de Potosí. Luego, dos vidas nuevas. Un verano y un invierno. Un infierno. Frente al guerrero ataviado de un largo manto de poderosos "tokapus” bordados, pensó que no era él, que sería otro quien moriría. Pero al mismo tiempo, lo invadía el sentimiento contrario, de que lo anterior eran invenciones, que otro habría vivido su vida por él. Perdía, por momentos, la cordura; y la recuperaba y lo sorprendía que el guerrero continuase observándolo como una estatua más y aún no se hubiese lanzado a acabar con todo.

Lo que sería la violación de la princesa, ese cuidadoso plan que habían cavilado junto con el obispo, prevendría la abominación que se maquinaba en Cuzco y de la que participaba más de un español libre y, claro está, que dirigían los jesuitas y las Panacas cuzqueñas perjudicadas tras la pacificación de Vilcabamba. Lo había descubierto todo al infiltrarse en la intimidad de los preparativos para el próximo casamiento de la princesa Isabel con el sobrino de San Ignacio de Loyola. Ellos serían los tontos útiles, los fecundadores de un heredero de ambas naciones que gobernaría sobre una nueva Roma, una nueva Roma erguida por las riquezas del Cerro Rico, una nueva Roma llamada la Villa Rica de Potosí.

Recordaba el rostro adusto y serio del Obispo cuando se lo ordenó. No habría tiempo ni justificación para acabar con el matrimonio. La evidencia era muy escasa, y no contaba con autorización para emplear las armas. Pero, si no actuaban, pronto se habría forjado un linaje capaz de reclamar el trono del Perú y acabar con la propia España. Era conocida la predicción de un sacerdote al Tsar de Moscú, de que habría una tercera Roma. Y esa tercera Roma no podía ser la Moscú de 1600. Tendría que ser la luz de América, la descomunal y rica Potosí.

Por ello es que se había acercado a esa adolescente y había procurado la oportunidad de acabar rápidamente con su virginidad. Pero, como en toda tragedia, no había conseguido controlar sus impulsos, y se había enamorado de ella tanto como ella de él. Y fue en ese coito amoroso que acabaron con sus virginidades y él con los votos que había jurado en su orden y que lo condenarían eternamente si no fuera por la absolución que habría venido directamente del Papa en Roma, espantado con los planes de la Compañía y al tanto por la vía del Obispo, su protector.

Despertó en la oscuridad de lo que parecía una caverna y creyó tenerla al lado. No podía distinguir aún ninguna forma discernible, pero estaba seguro de que un cuerpo cálido lo acompañaba en el catre que ocupaba. No podría ser ella en esta oscura mazmorra a la que lo habían arrojado aún inconsciente. Tanto había permanecido en la tiniebla su mente que le costaba recobrar la lucidez y erguirse en este oscuro pasadizo. Tardó en darse cuenta de lo que sucedía cuando intentó asirse y levantarse. Estaba ciego. Lo habían cegado. Y cuando quiso gritar y maldecir a sus captores por esa innobilísima tortura, descubrió algo más terrible. Le habían cortado la lengua, sin duda para que no hablase. Y finalmente, supo la última suerte que le habían reservado, cuando quiso levantarse nuevamente y descubrió que tenía muñones en vez de manos, que no tenía dedos ni palmas, que lo habían mutilado, sin duda, para que no tuviera forma de contar lo que sabía.

La mujer que tenía al lado lo besó en los labios y le susurró a los oídos unas palabras en quechua que sonaron tristes, como una despedida. Sabía que era la voz de Isabel. Vino varias veces a abrazarlo y a besarlo, a llorarle en su lengua triste y agria. Finalmente, después de una ausencia de nueve meses, la última vez que vino a visitarlo pudo escuchar las risas de un chiquillo que corría en los pasillos tras la puerta. Era su hijo, el heredero al trono que los jesuitas preparaban para ese vómito endemoniado que sería el Imperio Romano de Ultramar, con un Emperador Mestizo. Isabel había abandonado el recinto, pero se escuchaban pasos aún. Alguien se había quedado tras la salida de la princesa. Por sus pasos cortos y precisos, aunque no pudiera ver nada, supo que el guerrero del demonio había vuelto, y que esta vez le cobraría la vida que habían preservado sólo hasta asegurar que la princesa pariera su crío. Ahora, podían matarlo. De todas formas, ciego, mudo y mutilado no serviría de nada, no podría contar la historia que sabía.

Para su sorpresa, no lo mataron. Lo soltaron en una calle gélida en medio de la noche de la Villa Rica. Sabía por la temperatura y por el aroma del viento que se aproximaba la madrugada. Hubiera querido correr hasta el convento y descubrir si la carta al Obispo donde contaba todo aún seguía en su punto de aterrizaje, o si alguien la había rescatado y enviado a su destinatario, de modo que por más que su vida había seguido la peor de las suertes, al menos se preparaba una respuesta para acabar con la abominación y restituir el imperio de la ley a los Reinos de España y sus colonias. Lo horrorizaba el concepto de que su propio hijo fuese quien perturbase el orden impuesto por el Dios Cristiano en estas tierras y, por ello, creía firmemente que sería mejor que muriese joven en manos de alguno de sus colegas dominicos cuando les pusieran las manos finalmente a esos diabólicos jesuitas, a esos guerreros del infierno, a esos malditos nobles inkas, conspiradores de satanás. Se arrojó a un río y, como no podía nadar, se adormeció ahogándose en el fondo helado de la corriente y creyó que podría aún evitarse, gracias a esa carta, la caída de España, su patria, y la perdición de su estirpe.

terça-feira, 15 de março de 2011

El Árbol y la Serpiente

El árbol y la Serpiente

Profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían desplazado a la Cruz.

Jorge Luis Borges – Los Teólogos

La violenta invasión de los viracochas al templo solar del Koricancha no ha sido adecuadamente detallada en las crónicas españolas contemporáneas y, por tanto, ha quedado sin saberse la verdad. Los relatos conocidos que narran la venida al Cuzco ciñen la violencia a los pies del fortín de Sacsayhuaman y se enfocan en la escaramuza de la plaza central que finaliza con la aparición del apóstol Santiago, quien le aporta la victoria al occidente católico por sobre los inkas defensores de la capital imperial.

En cambio, en aquel manuscrito deteriorado y sin autor legible que he hallado, a pesar de su humedad, en sus breves fragmentos inteligibles, se puede leer que, a medida que avanzaban contra el Koricancha los terroríficos jinetes españoles sobre sus espumosos caballos, y cuando ya se colaban por enfrente de sus patas, impacientes, los soldados de a pie con sus picas y largas espadas, los refrenaba del otro lado de los muros la organizada hueste de sacerdotes y soldados incas que pretendían defender lo más sagrado del imperio a cualquier costo.

Rodaban entonces de mano de los incas desde los muros las enormes piedras que protegían la entrada y de sobre ellas se desplomaban por el piso cántaros de oro y vasijas de cerámica repletas de líquidos hirvientes que herían de graves quemaduras y causaban muchas aflicciones a los que habían decidido adelantarse al grueso del tropel, quienes no podían protegerse tras los largos escudos de los jinetes. Pero, no obstante la violenta resistencia, ninguna de las estrategias de los sacerdotes guerreros conseguía detener el avance de los salvajes dioses barbudos. Sus serpientes de metal que escupían fuego les permitían matar a una velocidad desconocida, y sus armaduras los protegían de los certeros hondazos y las filudas flechas envenenadas que lanzaban desde sus escondites los protectores del sagrado templo mayor. Pronto, eso ya lo sabía hasta el propio Sumo Sacerdote desde su posición de comando, la sed de estos bárbaros peludos invadiría imparable los recintos y le chuparía todo el oro sagrado a las paredes del Koricancha y, tal cual rezaba la leyenda, se trazaría sobre las piedras desplomadas de los muros la cimiente de esa nueva religión ajena al sol que traían consigo los conquistadores. Sería el final.

Arremolinados en torno al jardín dorado que constituía el eje externo de sus más profundas creencias, aún protegidos por los enormes ídolos de oro y su presente aunque menguante poder sobre los vivos, se escuchó un grito en lengua que ni los indios ayudantes de los españoles consiguieron descifrar, y los sacerdotes, de pronto, aparecieron mucho más cansados, intercambiaron miradas entre sí y, uno por uno, dejaron caer sus armas y fueron abandonando los escondites tras las doradas estatuillas inclinadas, los rajados jarrones desplomados y sus momias protectoras desmembradas. Así, ellos quedaron vulnerables ante el inminente saqueo el templo del sol y su enorme disco brillante, el templo de la luna, con su ídolo oscuro y misterioso y, finalmente, el receptáculo del conocimiento, donde se preservaba la larga serpentina de luces: el templo de las estrellas. Ya previendo que el día estaba perdido, después de haber instruido el final de la defensa, el sumo sacerdote Willac Umu dio un paso al frente y fue recibido por las insolentes picas y espadas que, a esa altura de la lucha, avanzaban por el recinto de mano de los invasores como bestias ciegas y sedientas de metal.

La lengua que nadie entendía volvió a escucharse. Luego, provinieron instrucciones en español y en quechua de boca de otro personaje. Las picas se dispersaron para permitir el paso a una figura muy extraña, vestida de un largo manto negro. El singular wirakocha se acercó solitario con dirección al sumo sacerdote y su circundante compañía. El Willac Umu dejó atrás su séquito de guerreros sacerdotes y avanzó también hacia el personaje, sin miedo y denotando una extraña familiaridad al caminar, como si anticipase lo que iba a suceder, o, tal vez, hubiese reconocido la identidad de su contraparte. Los pies del intérprete del dios sol abrían largos pasos y sus orejas estiradas se mecían al compás de dos enormes discos de oro que le aportaban el aspecto de un dios tricéfalo. Su cinta ceremonial continuaba tan erguida sobre la cabeza como cuando le tocaba el turno de amansar al sol durante las ceremonias, de izar y hundir a la luna al antojo de las necesidades agrícolas del imperio, o de invocar a la serpiente de estrellas a derramar su leche brillante a que fecundase el universo.

Ambos personajes quedaron frente a frente y, por unos minutos, parecía que el pillaje del ombligo del imperio se había detenido. Tras la fila de picas, espadas, lanzas y machetes no se observaba a soldado alguno prendiéndole fuego a las momias del recinto, o a un dominico arrastrando a las ñustas al canto de un muro para violentarlas; ni siquiera podía divisarse a la redonda el asesinato por diversión a sablazos de algún mitayo indefenso por manos de un barbudo desganado por su escaso botín personal. La majestuosidad hipnótica de la escena entre el Sumo Sacerdote del imperio y el hombre de negro en medio de un inmenso jardín de oro macizo los envolvió a todos. Pareciera que hubieran irrrumpido en una región primigenia o e un olimpo de dioses y, aunque más de un sacerdote católico quisiese soltarse al grito de Santiago y ya dar la voz de pillaje, algo los retuvo a todos uniformemente. Quizás fueron las palabras del obispo negro, o lo fue la majestuosidad del encuentro con el Willac Umu. No podrá saberse nunca.

Dicen que no llegó con las huestes de Pizarro, sino después, en data no precisada. No existen actas de embarque en ningún puerto español ni se han preservado las de desembarque en tierras del Birú de entonces. Se sabe que se unió a los conquistadores después de desembarcar, tal vez en Túmbez, portando una carta de Carlos I y otra con instrucciones idénticas que llevaba el sello lacrado del propio Clemente VII, Sumo Pontífice de Roma, y que llegó acompañado de dos sacerdotes ataviados de trajes negros similares, aunque menos majestuosos que el suyo. A los religiosos recién afincados en San Miguel de Piura, cuando vieron llegar a estos personajes vestidos de negro, la arcana apariencia de la comitiva no les recordó por sus insignias a ninguna orden conocida y corrió la sospecha como un polvorín por el villorrio. Quiénes serían estos personajes? Brujos? Hechiceros? Judíos? Moros? La noticia de aquellas cartas fue lo único que previno al capellán de la recién fundada villa de que ordenase al capitán de la plaza capturarlos tan bien llegados y quemarlos sumariamente en la hoguera por herejía. Fuera de unas deformes cruces que llevaban en sus correas, a simple vista sus trajes y, sobre todo, sus oscuros rostros barbudos, al capellán le recordaban demasiado al de soberanos moros con quienes se encontrara durante sus expediciones a la Berbería o cuando viajó a Constantinopla en misión diplomática. Lo que era peor, y esto quedó claramente registrado en una carta que el capellán envió a Pizarro y que se ha perdido (sólo quedaba una referencia dentro de un texto de Cieza de León que ya no se encuentra en el archivo central de la Biblioteca Nacional en Lima desde los años ochenta): no fuera que las cartas que llevaba fueran falsas y viniesen a ser este supuesto obispo y sus acompañantes poco más que aventureros farsantes o, peor aún o incluso encima de ello, inmundos rabinos marranos, renegados de su recién adquirido cristianismo y escapados hacia las Indias a difundir sus demoníacas herejías.

En uno de los registros fundacionales de San Miguel y que puede aún consultarse en la colección Rozenstein en Luxemburgo, se consigna brevemente la llegada de este personaje y su nombre completo, así como se narra su recibimiento y posterior partida expresa rumbo al encuentro con las huestes de Pizarro, que ya entonces iban a medio camino del Birú, prestas a conquistar el Cuzco en compañía del recién nombrado Topa Inga y del cautivo general Calcuchímac, así como de un ejército de indios Xauxas y de varias otras etnias, contrarios a la dominación incaica y cooperantes con los invasores.

Se sabe más de la cita que tuvo con Pizarro que de otra cosa. Se consigna en una carta de De Soto, de manera hasta casual, a un obizpo negro que el trujillano esteve en deuda de recibir y a quien condujo junto con su ejército al Cuzco por orden expresa de los dueños absolutos del mundo de entonces. En la carta se habla de un tesoro cuya búsqueda quedaba, por encargo del Emperador y del Papa, bajo responsabilidad exclusiva del obispo negro. Pero se habla de aquel tesoro de una manera distinta a lo usual, como se hablaba en aquella época de todo lo que no era terreno e inmediato, osea, de lo que no podría dimensionarse en metal. Qué tesoro estaría buscando dicho Obispo Negro; sólo se puede especular, pues nada más se consigna en esa única carta sino un críptico que ni en pesos ni en maravedís. Y habría tenido que necesariamente haberse tratado de un tesoro “diferente”, algo ajeno a las burdas aspiraciones de los conquistadores, pues, de lo contrario, con o sin cartas de los líderes del mundo terrenal y espiritual, es probable que el obispo negro hubiera desaparecido durante el recorrido, degollado, envenenado, empujado a los abismos. El oro y la plata no se repartirían entre más bocas que las que capturaron al Inka en Caxamarca. En la cabeza de Pizarro y sus capitanes, los conquistadores eran 160. Ni uno más y todos los menos que la guerra permitiera.

Siendo un hombre práctico y habiendo despejado el miedo de ver su parte diluida, Pizarro no le negó al obispo negro sus derechos y misión; quedaba claro que él y su séquito no venían por el oro y sí por algún capricho oscuro de sus majestades. Quién sabría qué secretos había que arrancarles a las mezquitas de los inkas para ser llevados expresamente a los ojos de los dueños del mundo, y cómo aquel obispo de ordenación desconocida iría a obtenerlos.

No se sabe nada de cómo llegó al Cuzco ni de qué tareas cumplió hasta el día de la toma del Koricancha. Llegamos hasta aquí con el obispo negro histórico, o al menos, con aquél que la historia formal ha conseguido retratar con la objetividad de las diluidas y sesgadas letras trazadas en tinta que provienen de la época.

Pero el nuevo documento abre puertas, quizás tan grandes como la boca de la misteriosa Chinkana del Koricancha donde, según el jesuita Agnelio de Oliva y Fray Martín de Morúa e, inclusive, según los propios Garcilaso y Poma de Ayala, se encuentra enterrado el gran tesoro del Koricancha, simbolizado como un gran recinto forrado de oro y repleto de tesoros.

Extraña, sin embargo, un tesoro metálico de tamañas dimensiones que no hubiera sido ya excavado luego de quinientos años de la sed chupadora de metales que fue el virreinato del Perú. Si consta en registros del propio recinto Dominico edificado sobre la base del Koricancha que en la ciudad del Cuzco del Pirú en veinte y ocho días del mes de henero, año de mill y seios y quarenta y dos años un tal Alonso Fernández Belasco firmó contrato con el prior de entonces, Xacinto Arias Montaño, para lo qual a pedido al dho padre prior se le de permición y salvedad al dho maestro para entrar por la chingana que sale al dho convento con que aviendose sacado el dho tesoro, la mitad de lo que se quedare del dho tesoro a de ser para este dho convento. No es concebible un tesoro tan bien guardado, un tesoro que hubiese escapado de las garras de España después de años tan intensos de saqueo.

O en realidad fue excavado y obtenido, y esto no quedó registrado? Era aquel el tesoro que buscaba el dicho obispo negro que llegó de la nada a San Miguel de Piura en fecha desconocida y quien se integró sin mayores aspavientos a la expedición que conquistó la ciudad solar del Cuzco? Si fue así, cuáles fueron las dimensiones de dicho tesoro? En qué consistía, qué piezas eran las más valiosas y de qué materiales estaban constituidas éstas? Cómo engañaron a Pizarro y al resto de conquistadores? Cómo fue extraído y llevado fuera del Perú el dicho tesoro? Quién lo recibió? Fue acaso Clemente VII, cuando ya se había aproximado nuevamente de Carlos V tras la humillación de Francia? O fue el propio Carlos V? Se trataba de ídolos de oro que fueron fundidos y acuñados en barras con el sello real? Cómo podría haberse extraído tamaño tesoro incluso si hubiese tomado varias noches en vela para lograr desviar la atención nocturna de la guardia conquistadora que pillaban la ciudad y chupaba para sí todo lo que brillaba?

La respuesta parece encontrarse en el manuscrito, que si bien aporta pocos detalles durante la mayor parte del relato, sí se detiene para describir con precisión el atuendo del obispo negro y el de sus compañeros. Sobre todo, los signos distintivos que llevaban bajo sus mantos. Queda claro que el autor desea transmitir, a quien pueda reconocerlo, un mensaje cifrado. Sería muy posible que la mayoría de lectores de aquella época no reconociera las distinciones de un rabino sefaradí (pues la expulsión ya había librado a España de la memoria de sus judíos) y es por ello que el manuscrito habría pasado por estanterías y estudiosos sin levantar sospechas. Pero el traje del padre no es la revelación más importante del relato. Podría hasta tratarse de un error de traducción. Y cualquiera podría inclinarse sobre aquella teoría si no fuese por lo que el manuscrito describe a continuación.

Fuere de la capa del prelado Obizpo Santo emergiose la carta lacrada que firmare el César Emperador de los Romanos e de Castilla e de Aragón e de Granada e de las dos Sicilias e de los Reynos de las Yndias e del Birú e da Tría Áurea dando ordenado al hechicero de entregalle comando dos tesoros da Mezquita Prinxipal del Cusco.

La mención a la Tría Áurea realizada por este autor desconocido complica tremendamente la interpretación de identidad del Obispo Negro, y más aún cuando se combina con un comentario adicional que por desgracia se lee muy incompleto, pero que podría dar a entender que El Gran Hechizero e el Obizpo conversaron en extranho dialecto que no fuere de entendible entre los muchos conquistadores e sus indios que conhecian a lengua del imperio non dentre los hechiceros en ayudaban al Gran Hechicero del sol.

Por qué hacer referencia al título de Emperador de la Tría Áurea cuando menciona de manera indirecta y por sus títulos a Carlos I, supuesto mentor del Obispo, si hacía 50 años que los reyes habían trocado tal título por el de católicos, arrasado con las juderías y expulsado a los moriscos y sefarditas de Iberia, llamado a la inquisición a masacrar el país, convertido al reino de España en lo opuesto de lo que representaba en los tiempos de Alfonso X, soberano de las tres religiones? El Imperio al que respondía el Obispo que vino en busca del gran Hechicero del Sol no podía ser el Imperio Español, lar del catolicismo. Debía responder a otros intereses, a otras banderas.

Pues entonces, por cuenta de qué Imperio accedió este Obispo? Y, si este Imperio y sus títulos le pertenecían también a Carlos I, pero no a los lares de España, dónde se encontraba este dominio y cuál era su relación con Roma? Qué extraña lengua fue la que emplearon el Willac Umu y el Obispo para comunicarse en secreto sin necesidad de apartarse del gentío, de manera que nadie pudo resguardar fidedignamente, lo ocurrido?

En la flama de mi imaginación durante las noches de vela en que paso y repaso el manuscrito (antes de envolverlo en su sobre protector y depositarlo en el recinto de la biblioteca para prevenir su descomposición), se forman nudos incandescentes y a veces creo que puedo escuchar la voz de Willac Umu, respondiendo a las inquisiciones del rabino en un perfecto hebreo, y alternando entre varios idiomas muertos para comunicarle su parte de la verdad, la que le había tocado guardar al Cuzco -la cuarta estrella del mundo, el ombligo de la serpiente emplumada, el corazón de los cuatro suyos.

El sacerdote solar sonrió aliviado cuando el obispo le mostró sus insignias escondidas tras el traje negro. Una serpiente emplumada labrada en oro y engastada de las más variadas joyas; una estrella de plata de cinco puntas. Willac Umu le habría confesado con alivio, al verse frente a un hermano, que sabía que la hora había llegado, que el secreto estaría nuevamente a salvo: incluso, volvió la cabeza y se dirigió en quechua al propio capitán de las huestes españolas y lo invitó a que cuando sus hombres así lo quisieran empezacen el saqueo, las violaciones, el asesinato.

Entonces, se volvió a dirigir al Obispo e inició su relato de la situación actual del Imperio. En cuanto a la mayor parte de las alargadas serpientes de luz que buscaba el Obispo y sobre las cuales tenía instrucciones de resguardo y protección inmediata, éstas les llevaban varios días de ventaja a los inquisidores. Lo mismo con las arcas de piedra donde se ocultaban los efímeros rectángulos de fina tela bordados por los dioses barbudos. Al momento que Atabaliba diera las órdenes de transportar el oro y la plata de todo el imperio a Caxamarca, otra orden paralela se impartió desde el Koricancha. Qosqo entero había sido movilizado para esconder los más valiosos secretos y, de entre ellos, los traídos del mar por los gigantes barbudos de los tiempos de Pachacútec.

El Obispo sonrió de vuelta y le agradeció la confidencia. Después, escuchó atento lo que el Willac Umu le describía en detalle: la ruta tomada por la caravana. En su mente debió imaginarse las inacabables manadas de llamas y alpacas flanqueadas por lo mejor de los soldados imperiales, recorriendo el Capac Ñan y cargando quipus reales, planchas de oro, tablas cerámicas y varios papiros y manuscritos cuya interpretación sólo la podrían conocer completa un puñado de personas en todo el mundo, reunidas de la manera apropiada y en recintos específicos. La mayoría de estos templos hacía mucho que fueron destruidos. Uno de los hombres era el emperador Carlos I. Otro, el tesorero del Sultán otomano, luz del mundo. Uno más, el gran consejero del Emperador del Cielo. También pertenecía a aquella orden el Willac Umu. Y, finalmente, por supuesto, se encontraba él, el Obispo Negro.

El Obispo, se muestra complacido por la noticia, aunque lo apene no poder perderse inmediatamente en aquella marejada de documentos olvidados y que en conjunto constituyen la única restante enciclopedia de la vida, el resumen de las leyes del universo, el recuento histórico de la creación y circunvoluciones de la tierra.

Le toca hablar al Willac Umu. Todo el conocimiento del imperio se había llevado a buen recaudo, y podrían salvarse del fuego implacable de la inquisición los principales secretos del mundo. De entre ellas, las instrucciones empleadas por Pachacámac para moldear al mundo. Los nudos de luz y cómo amarrarlos en el cielo para amasar estrellas. Las artes de fundir la piedra para edificar montañas. La magia infinita de cómo eliminar ciudades encendiendo la furia del aire que se retuerce en explosiones siderales y genera enormes árboles de fuego y humo. Las tablas con las leyes de Manco Cápac, que son idénticas al Código de Hammurabi, a los diez mandamientos y demás leyes primordiales de los hombres. Los evangelios perdidos y las cartas de Jesucristo a sus apóstoles. El recuento de los viajes a ultramar de Túpac Yupanqui y de su llegada a los reinos de las islas y al gran imperio del dragón celeste. El recuento del éxodo de Naymlamp cuando la destrucción de la gran capital del mundo y su venida al Tawantinsuyo. La crónica de los barbudos circuncidados y su lengua sagrada, de los libros de miles de años que trajeron, la porción más relevante de una colección cuyo paralelo en la biblioteca de la ciudad del faro ya había perecido por las llamas hacía cientos de años sin dejar rastro de muchas obras de Sófocles, Esquilo, Hermes Trimergisto, Platón y los demás maestros de la antiguedad.

Puedo casi escuchar su conversación fluctuar entre el quechua imperial, el hebreo, el griego, el arameo, el aymara, el egipcio y el acadio, dependiendo de la historia. Hablan ambos de diversas obras que van identificando y cuya permanencia confirma el sabio Willac Umu. Éste menciona instrumentos de magia y crónicas de historias que se tejen en las cuerdas anudadas de las obras del imperio, en las inscripciones cuneiformes de las tabletas rescatadas de la quema de Babilonia, en los papiros extraídos los meses previos a la furiosa destrucción de la biblioteca de Alejandría.

Y es en un instante sin crónica ni registro, en el intermedio entre las luces del renacimiento y el oscurantismo de la contrarreforma que asola Europa y resquebraja los cimientos de América, que se completa entre estos dos hombres el círculo de la historia con sus relatos separados por mil años. El tiempo para por completo y las verdades se van sucediendo una tras otra hasta que se funden en una sola versión de los hechos.

Alfonso Ajuarez le presta su completa atención al Willac Umu y se ha olvidado del peligro que corre de pie a espaldas de un ejército que en cualquier momento podría enloquecer. Lo mismo con el Willac Umu, quien solamente quiere terminar su diálogo y completar un ciclo cuyo final fue largamente esperado. De pie, uno frente al otro, comparten una mirada emocionada. El Sumo Sacerdote ha extraído de debajo de sus túnicas una cuerda larga tejida de cobre, con nudos de hilo de oro y bellas piezas adjuntas labradas en plata. A medida que sus dedos atraviesan la maraña de hilos metálicos y palpan los nudos, sus ojos se nublan y emerge una voz gutural en la lengua madre, aquella que por momentos suena idéntica al griego y, por otros, pareciese un dialecto similar al arameo. Se trata del aymara imperial que entonasen los sumos sacerdotes de Sumeria, el Indo, Teotihuacan y Tiahuanaco en sus pirámides alrededor del mundo cuando éste estaba recién formado, nuevo e hirviente como un ser vivo.

Y ahí se recuentan por su boca la localización de la porción oculta del imperio, el Quinto Suyo hacia donde ha de dirigirse la caravana y su vasta biblioteca. La ciudad oculta entre las bestias y los bosques donde el conocimiento del mundo hallará nueva morada. También, de los ríos marinos que son el espejo del Capac Ñan, el camino inka marino, que lleva hacia las islas que visitó alguna vez el Inka y que se perderán de no dárseles mantenimiento a las cuerdas metálicas que recorren el océano y conectan al Imperio con aquel otro imperio del dragón celeste, que gobierna un emperador magnífico y que también llama a su ciudad el centro del mundo y quien envía embajadores a bordo de barcos enormes a que recorran el mundo entero.

Luego de haber recitado la localización y naturaleza de estos secretos, el Willac Umu, finalmente, se da vuelta e ingresa a la sala del amaru y regresa con un libro que, a todas luces, parece de hechura occidental, aunque contenga, adherido a varias de las páginas, cuerdas multicolores de oro, cobre, plata y algodón y plegadas de nudos de todos los tipos.

De todo, esto es lo que más estás buscando, afirma en perfecto hebreo el Willac Umu. Y el Rabino le responde en un Quechua sin errores que ahora puede morir en paz. Los dos bibliotecarios han cumplido con su parte. El manuscrito contiene un inventario de todas las obras exotéricas del dios gigante barbudo que se llamó de Aristóteles. Todas las lecciones de la Academia. Con él en manos del obispo, la obra vuelve a unificarse después de mil años con sus hermanas. La emoción en el rostro del Rabino es evidente. Para el Imperio Español y los Conquistadores se podrá llamar el Obispo don Alfonso Ajuarez, quien figura en los anales secretos de la inquisición como judío marrano convertido de una de las familias sefaradíes más ricas de España. Su orden creada de manera apresurada por Clemente y sancionada por Carlos I lo mantiene a él como único prior y a sus dos acompañantes como únicos miembros nombrados. Pero es dentro del círculo de los pocos que pervive su nombre verdadero, el que le fue conferido por el soberano de las tres religiones, y dentro del cual aún puede profesar su fé verdadera y llamarse de gran Rabino Menasseh ben Israel.

No poseemos más bibliotecas de mármol ni más liceos en España donde pueda regenerarse el conocimiento, le confiesa triste Menasseh al Willac Umu, quien ahora está frente a su frente y le ha impuesto su mano sobre el hombro, remarcando su empatía. A pesar de que se han encendido las luces del conocimiento en las ciudades de Italia, inclusive después de revoluciones y profundas mudanzas, la balanza ha vuelto a inclinarse en contra, y se aproximan tiempos oscuros. Es necesario tomar todas las medidas para preservar el conocimiento durante estas edades negras, y ello lo sabe el soberano de las tres religiones, quien le ha mandado proteger a como de lugar los secretos milenarios guardados desde los tiempos de Pachacámac. Por desgracia, a México les tocó llegar muy tarde, cuando el fuego ya devoraba cientos de libros que el mundo nunca conocerá. Todo lo que yacía guardado en la gran Tenochtitlán ha perecido en la hoguera salvaje de los inquisidores. Es preciso evitar que suceda lo mismo en el Cuzco. Sus instrucciones son las de garantizar la protección de la biblioteca y de transportar a Amsterdam sólo un libro de la hoguera, sólo aquel necesario que permita restablecer las estructuras de las otras bibliotecas perecidas. Sobre todo, la estructura de la mayor de todas, la que Teodosio ordenó vaciar y derrumbar cuando acabaron con los templos paganos en todo el reino de los Ptolomeos. Es su labor primordial, y lo único que lo salva de la hoguera o del exilio permanente en tierras de los moros.

Sólo nos resta aguardar a que en Europa y en Asia no languidezca lo poco que se ha preservado por los cansados brazos de los monjes copistas, dice Menasseh mientras se guarda debajo de la sotana el tesoro entregado por el Willac Umu. En cuanto al resto de la Biblioteca del Cuzco, estará a buen recaudo en la ciudad perdida de las selvas del Paititi hasta la restauración del imperio, le contesta el sacerdote solar.

El momento ha llegado a su fin. El Obispo se retira a paso lento de la escena, y no mira hacia atrás. Uno de los capitanes al mando aprovecha la oportunidad y grita “Santiago, avancemos!”, y las picas, las lanzas y las espadas se arremolinan nuevamente y el control se pierde y la paz se detiene. Tras el polvo de las explosiones pueden observarse escenas confusas del saqueo que ha empezado.

Mennasseh emerge del recinto y se uno a sus dos acompañantes. Les toca un largo viaje de regreso a Amsterdam. Algunas de las ideas de ese libro, está seguro Mennasseh, contienen las semillas de la siguiente revolución y entonces se acabarán los tiranos y los reinos y, como en la Grecia de los clásicos, los hombres serán sus propios soberanos.