terça-feira, 5 de abril de 2011

Porno-galáctica


Porno-galáctica

El cielo, como siempre.  Una eyaculación estrellada chorrea por los paneles del fondo nocturno hasta que amanece. Eso ya no es lo que nos sorprende, pues más que luz, queremos penetrar por el espectro electromagnético y cazar la señal de una civilización con la cual pudiéramos conversar.  Pero los tramposos artesanos de la noche nos esconden el mensaje tras esas confusas burbujas luminosas que repuntan el horizonte.  Y el cielo está como siempre esta noche, no entrega nada.

(Como siempre)…

El esperado llanto espumoso que podría emerger efímero sobre los horizontes lechosos y mostrarse a descubierto, todo lo contrario, nos elude a nosotros, aspirantes a captores, velada tras velada, tal como esta noche.  Es martes de finales de los noventa.  Tal vez es el noventa y ocho.  Tal vez el noventa y nueve.  La hora y el sueño que tengo no me permiten demasiada certeza. 

Con los años, han sido tantas las decepciones que en mi imaginación han brotado   dudas enormes, y éstas en su deriva le han abierto fugas a la esperanza.  Me ha invadido un rechazo que susurra todas las noches, un yo alterno y descreído que se enciende justo cuando me toca trabajar con el grupo.  Debe ser por ello que miro al cielo incrédulo al mismo tiempo que tomo nota robóticamente de lo que me toca verificar en este turno.  Y hoy la incredulidad ha aparecido intensa, resuelta a convertirme.  Me tocará pronto abandonar a este grupo que casi ha sido mi familia por los últimos cuatro años?

(Me dan ganas de correr a mi auto y desaparecer)…

Ha sucedido una vez más.  Usualmente, nos alerta un ruido de fondo inesperado, el rebote atónico del universo con alguna esquina desconocida o un escalón equivocado.   Se escuchan chirridos monotemáticos y raspaduras que evocan llamados al apareamiento de insectos africanos.  Inicialmente, confundimos estas aleatorias corrientes con una emergente narrativa: será el primer acorde de una larga conversación con razas alienígenas de inteligencia similar o superior a la nuestra? Ese es, después de todo, nuestro propósito como miembros de la Asociación de peruanos radioaficionados a la comunicación intergaláctica.

Cuando nos toca confundirnos con esas olas radiográficas, corremos a registrar la novedad aturdidos aún por el sueño de la vigilia.  Después de la minúscula alegría que nos tuvo afiebrados registrando el falso mensaje de los dioses por algunos minutos, caemos en la cuenta, nos entristecemos, y se impone con mayor fuerza la noche que nos envuelve su sedosa mano de nuevo.  El sueño mal curado con café en polvo y agua tibia satura las sienes cual gas pesado aturdiendo el sentido. Sucumben las conversaciones y se apagan las miradas.  Dormimos plácidamente sobre nuestras sillas, recostados sobre los instrumentos, a veces por muchas horas y hasta que amanece.

La otra noche -habrá sido el martes 05 de hace dos semanas, o quizás fue el miércoles (más temprano habría salido Fujimori a anunciar noticias importantes en la televisión)-, desperté.  El resto de mis compañeros dormía cálidamente.  Sólo faltaban Omeo y Nina.  No podrían haber salido hace mucho, pues la silla de Nina aún estaba tibia.  Me acerqué silencioso a la puerta del baño, tras la sala de máquinas, casi tropezando en el camino con los cuantiosos cables que invadían el suelo.

Pude confirmar mis sospechas que estaban en formación desde que lo vi tomarle la mano casualmente.  Fue un detalle sin importancia, una acción permitida a cualquier amigo.  Pero esta tomada de mano había sido distinta, y yo lo percibí.  Quizás porque yo también estaba distinto: también andaba enamorado de Nina.

Espié un momento solamente, lo suficiente para confirmar.  No estaba interesado en saber más de ese romance, sólo apuntar que era concreto.  No me afectaría siempre y cuando pudiese apartarlo de mi cabeza con más café y trabajo enfocado.  Me alejé de la puerta y de los jadeos de Nina, del sonido de sus cuerpos en colisión sobre el inodoro.  Mientras me apartaba, ese otro yo incrédulo gritaba y gritaba desde lo más hondo de mi cabeza.

(Son ellos! Son ellos!  Esa Nina jamás será tuya!)

Y fue en medio de una de estas pausas catatónicas muchos días después que desperté solitario con un extraño ruido, de puertas que se abren y manivelas que entre crujen.  Había soñado con Nina.  Mi régimen de café, trabajo y silencio no había funcionado y la pesadilla había sido tan dura que no había evitado despertarme.

(Omeo y Nina sobre un inodoro lamiéndose.  Animales.  El sueño me había enloquecido.  Desperté lloriqueando tuve ganas de matar a Omeo.  Por ladrón.  Y por cochino.  Quién se esconde dentro de un baño y coge sobre el inodoro? Animales!).

Disipé con un sorbo de café mis pensamientos y se calló aquel otro que no entendía que se trataba sólo de un sueño.  Nada más.  Aunque aquel sueño fuera, de todas formas, realidad.  Los asientos de Omeo y Nina estaban vacíos. Y en el fondo del registro aún vibraba nuestro mensaje en diez idiomas con el cual esperábamos raspar la inteligencia de alguna raza alienígena capaz de retornarnos la cortesía.

Entonces vi sobre la pantalla el inicio de una transmisión que me sobrecogió.  Observé pasmado cómo emergía de pronto entre girones coloridos y tormentas de puntos monocromáticos el cuerpo de un mensaje, el primero que, por lo menos según mi conocimiento, la civilización humana había recibido de una tripulación alienígena.  Era cierto y había sucedido.  De pie y en silencio, no me sentí con fuerza como para llamar a nadie.  Quizás porque quisiera monopolizar este momento de éxito.  Quizás porque estaba muy ocupado luchando con mi cabeza, pues a pesar de la intensidad de la señal, podía escuchar claramente los (no creo no creo no creo no creo) repitiéndose como burbujas en una olla hirviente; mi otro yo rayaba esa canción desafinada en replay eterno dentro del pecho.

No hubo interludio mágico ni me sentí necesariamente especial o partícipe de una escenografía acorde con el momento.  Más bien, fue todo muy rápido, como suelen ser los momentos importantes que no planificamos.  E inmediatamente los girones se despejaron y los puntos monocromáticos se integraron en imágenes y aparecieron un sinnúmero de cifras y grafías irreconocibles, lianas de información que recorrieron los monitores y pulsaron a través de los parlantes.  De pronto y como si lo hubiera diluido el contenido de lo que emergía de la pantalla, se detuvo el inaguantable susurro en mi interior.  Mi yo dubitativo huía del momento, humillado, y se refugiaba en algún tramado oculto del entubado de mi memoria.

Hubiera creído que a partir de ahí la rapidez del momento sería sobrecogida por su importancia, y que el guión de la transmisión seguiría la trayectoria del concierto de orquesta con el que había siempre fantaseado.  Había sido así –como un concierto- que, en la apoteosis de mi fe en nuestra misión, había esculpido el primer intercambio con alienígenas empleando la masa informe de mi imaginación.  Pero, una vez que el mensaje empezó, no me vi invadido de un mar de luz sinfónica ni se me pidió entre aquel mar de luces que iniciara la mesiánica recepción de las soluciones esperadas.  No hubo respuesta; no hubo iluminación, sólo lo que aparentaba ser un mar gelatinoso y ocre propio de un fondo marino iluminado artificialmente y a dos seres enfocados desde el fondo que nadaban con dirección a lo que fuera que captaba las imágenes que asistía.

Lo que parecía una cámara de pronto se acercó con velocidad increíble y se dio contra el cuerpo de una de aquellas dos criaturas.  Lo que observé parecía el inicio de una nalga verdosa que había cubierto todo el monitor.  Y esta nalga de pronto se abrió como la boca de una tortuga y pude distinguirle un enorme agujero negro rodeado de floridos cabellos que se movían como algas marinas alrededor de un ano punteado de dientes perlados.  Pasaron unos segundos y sobre uno de los bordes flácidos de la nalga se posó lo que sólo podía ser el brazo de un animal desconocido, plomizo y gelatinoso como el tentáculo de un pulpo, y brillante al reflejo de luz, como si todo el miembro estuviese impregnado de una grasa viscosa.

Quien fuese que operaba la cámara retrocedió nuevamente y pude apreciar de cuerpo entero a ambas criaturas por segunda vez, sólo que mucho más de cerca.  Continuaban sumergidas en un líquido denso y mal iluminado que dificultaba la visibilidad, pero que al menos permitía la suficiente visibilidad de las formas de sus cuerpos.  La del culo florido levitaba en un ambiente líquido y fosforescente y sus pelos multicolores eran especialmente móviles a la altura de lo que serían aproximadamente sus pechos: unas enormes tetas turquesas atravesadas por múltiples pezones acerados y puntiagudos.

El otro ser se acercó más al campo de visión.  El enorme miembro grisáceo había crecido más allá de lo que parecía posible y descubrí que se originaba en una de sus entrepiernas o antebrazos; tal vez era un tentáculo más aunque inflado fuera de proporción por una enfermedad o una necesidad fisiológica o, en todo caso, sería una cuestión de perspectiva.  No había cómo saberlo.

Como fuera, con cada acercamiento hacia la criatura de las nalgas, el tentáculo se enredaba vez tras vez sobre ambos seres y se pegaba como una espiral de carne molida sobre sus pechos.  Conforme se abrazaban y se tocaban con sus garras los pellejos repletos de pelos, las pequeñas esferas negras que les brotaban de la piel se hinchaban como frutas y reventaban y sus pieles agujereadas despedían una fosforescencia rosácea que se mezclaba con el líquido amniótico en el que flotaban ambos, lo cual disminuía aún más la visibilidad.

Una sustancia azulada y con la consistencia de un vino tinto salió despedida de la punta del tentáculo y éste inmediatamente cobró la agilidad de una culebra y latiendo cual corazón anfibio dio un salto a través de la pantalla y se introdujo como gusano adentro de la nalga florida, la cual se expandió y lo absorbió como devorándolo.

Y fue ahí que di con la cuenta del sentido de ese extraño espectáculo cuyo sentido me tenía perplejo, pues emergió en la pantalla completa un rostro hermoso que sólo podría comparar con lo que en nuestra civilización fuera la cabeza de una sirena del río amazonas.  Y el rostro que parecía sereno y dormido de pronto abrió los ojos con la velocidad de un actor de ópera china que inicia su monólogo.  Brotó de la boca de aquello que ya había calificado como una hembra el jadeo más gutural y espumoso que jamás había escuchado.

Luego se presentó el rostro del macho, enigmático y amigable, un delfín sonriente que hasta pareciera que me invitaba con un canto grave, un continuo de eructos, a que me uniera con ellos a esa escena dantesca.  Pronto.  Había llegado el primer contacto entre humanos y alienígenas y no había sido como lo esperaba por muy lejos.  Esto no era una demostración de conocimiento y sabiduría superiores, ni un conjunto de recomendaciones urbanas o un listado de secretos tecnológicos que permitieran dominar y controlar el universo.  Por el contrario, se trataba de la más expuesta y superficial pornografía, de una escenificación preparada para el disfrute incoloro de muchos, de demasiados.

Porque conforme clareó el líquido, pude distinguir un fondo cremoso y genérico, así como escuchar el jadeo coreografiado de los seres y darle seguimiento a las múltiples posturas que fueron adoptando.  Y aunque fueran posiciones imposibles para sus pares humanos, me pareció que había atestiguado esta danza mil y una veces, en filmes y en cortos grabados en cassettes y DVDs y en algunos sites de la emergente internet donde ya había buceado.  La evidente ordinariez de la escena con su fondo líquido y su trasfondo cremoso era idéntica a la de los sets de aquellas películas de bajo presupuesto, guión simple y títulos sugerentes que se conocían en la tierra como pornografía.  Y la vulgaridad de estos seres atractivos y lejanos encaramados en una actividad visceral era evidente por su actitud animal pero indiferente de iguanas amaestradas a la espera despreocupada de su siguiente pedazo de carne.

Antes de desconectar el monitor, permanecí de pie, asqueado, asistiendo la imagen del delfín y la sirena.   El delfín bombeaba su tentáculo grasoso con fuerza contra el culo florido que tragaba porciones crecientes de su miembro al mismo tiempo que vibraba descontroladamente como un terremoto de hongos. La fuerza del bombeo causaba que de los bordes del culo se descascarasen pelos y pedazos de piel que permanecían flotando alrededor de sus cuerpos y del centro del ano despedía una nube amarga color violeta como un pozo de petróleo submarino recién desentubado.  La sirena en primer plano demostró sus dientes y se sumió en un descontrolado orgasmo de pájaro y en su canto la siguió el delfín con un canto similar pero muy grave, pujando. De ambos manaban los más extraños y coloridos fluidos.  Él le apachurraba todos los pezones que podía, pezones que rápidamente enrojecían y estallaban despidiendo capullos floridos amarillentos que flotaban en la sopa que los rodeaba. Con los brazos libres le manoseaba el culo y le desprendía pedazos de piel más grandes y le abría aún más el ano para mostrar los detalles perlados de los dientes y en los espacios entre el tubo y el tentáculo introducía, cuando podía, un pie u otro brazo, y luego volteaba sonriente escupiendo y regurgitando masas de un barro que sería la comida que se habría escabullido en medio de la escena por la boca, un mono pillo, y le sonreía así a la cámara, a mí, aquel animal imbecilizado a años luz de distancia.

No pude aguantar más y apagué el monitor.  Acto seguido, espié a lo largo de la habitación y comprobé que nadie más que yo estaba despierto.  No sabía qué podía esperarme al final de ese mensaje que acababa de interrumpir, ni estaba seguro de si con mi último acto había estropeado en definitiva la última oportunidad de comunicación en los siglos venideros.  Habría solución para mi impulso por suprimir ese primer intento de llegada?  En todo caso, no sentí que hubiera nada moral en mi reacción sino, muy por el contrario, un asco cómplice, la constatación de que a millones años luz algo tan básico nos hermanara.  Desconecté la comunicación, creo, porque en el fondo me sentía vulnerado por esa hermandad que no deseaba. 

Y no era culpa del cosmos.  Ni que el universo fuera un gran tejido de fondo para la pornografía, o al menos esperaba que no fuese así.  Más bien, sin quererlo, nuestros instrumentos habían sintonizado una señal cualquiera de una civilización cualquiera.  Así como los sites de internet y los canales de cable de mi planeta estaban plagados de sites de pornografía, de escenas de lesbianas introduciéndose objetos por todos sus orificios o de hombres desvistiendo mujeres y poseyéndolas con violencia en todas las posiciones imaginables en sets escenográficos que nunca cambiaban, y así como estos sites superaban en representatividad los de cualquier otra actividad humana incluyendo a la filosofía, la religión, la estética, la armonía, lo mismo debía suceder con esta raza alienígena que tal vez por hallarse en un estado de desarrollo incluso superior al nuestro debiera necesariamente apoyarse sobre una base mucho más honda y espesa de cosas ordinarias, de mal gusto, fugaces, deleznables, pornográficas.

Nosotros con nuestra supuestamente compleja maquinaria y los múltiples intentos constantes de llegar al otro lado éramos poco más que surfistas aficionados, hackers de última categoría que accedían sólo a lo más bajo y predominante de esa marejada de información extraterrestre que poblaba el universo.  Yo era uno de ellos también, un niño que no dominaba el teclado, y por ello es que en vez de causar un encuentro de semidioses, un intercambio galáctico que fuera digno de dos jefes de estado, de dos misiones de exploración formadas para la expansión de ideas alturadas, había raspado las peores escenas de una película pornográfica alienígena que viajaba por las alcantarillas de la vía láctea, una historia porno-galáctica que ahora debía guardar conmigo solitario: un menor de edad intergaláctico sin capacidad para contar su travesura.

Nina emergió del baño con un nervioso ah hola estabas despierto.  Ella y Omeo con su Erik, te despertamos?  Sorry, fuimos por un café a la cocina, te hubiéramos traído uno habían estado ausentes todo este tiempo.  Yo no tenía forma de saber si habían visto algo.  Me avergonzaba la idea de que ocultos al borde del pasillo se hubieran burlado de mi morbo.  No sé.  Qué más da.  Las imágenes que capté no fueron buscadas, no fueron precedidas por advertencia alguna.  Fui expuesto sin desearlo, y ninguna voz firme ni ningún mensaje claro aparecieron con antelación para advertirme de que las escenas no eran aptas para seres con mi mi edad galáctica.  Así que mejor me callo la boca y me olvido de este episodio bizarro.  Y, de paso, me olvido también de Nina y Omeo, me olvido de mí y de mi otro yo, que quedó eliminado por esta historia porno-galáctica, por este descubrimiento: que no estamos solos, que otros en el universo nos acompañan en el mal gusto y la vulgaridad; que lo vano y desagradable es tan universal como lo bello y estético, que estos alienígenas comparten nuestras mismas pasiones y defectos y no tan solo ello, sino que, como nosotros, sus vulgaridades también las difunden.

Um comentário:

Bambina Monella disse...

keep it real with the galaxy!
www.meflipalamoda.com