quarta-feira, 27 de novembro de 2013

La Reina Luna




      • Reina Luna


        La noche amazónica les cayó alrededor, pero ninguno pudo notarlo.  La penumbra de aquellos parajes era idéntica las 24 horas.  Día y noche eran la misma cosa, y podían pasar horas sin que notaran el paso del tiempo, excepto Khun; él adivinaba primero que todos la puesta del sol con precisión, por el zumbido de sus orejas.  A eso de las 6:30 de la tarde ecuatorial, desde muy, muy lejos, la densa risa de las boas se encendía, acompañada de una ligera variación en los atonales gruñidos de millones de insectos.  Khun poseía el raro don de escuchar lo que los oídos de los hombres no captaban.  Esa era su ventaja.

        Avanzaron a toda marcha durante aquel pedazo de tiempo indivisible, abriéndose paso a machetazos y espiando con sus linternas entre la maleza y el fango.  Anduvieron a toda marcha a través del monte abriéndose camino y, conforme avanzaban, una cortina de luz fría y monótona empezó, por fin, a ganar campo y colorear de gris los húmedos y oscuros contornos de las cosas.  Por fin, después de semanas, apagaron el farol, y continuaron por el sendero que rodeaba el fangoso arroyo.  La corriente de agua era como una cuerda de salvataje que los apoyaba con su fuga.  Fue cuando Zambo y Erasmo llevaban el turno de cargar con el cuerpo de Phil que, finalmente, llegaron junto al lecho del río Sangriento, adonde desembocan todos los arroyos de la región.  Era plena noche, pero la luna y las estrellas se les impregnaron en los ojos como si concentraran la claridad del mediodía.  Con la impresión, a Zambo y a Erasmo se les escapó Phil de las manos, y su cuerpo cayó sobre un charco del que saltaron despedidas una decena de alimañas.  Nadie cayó en la cuenta.  Ni Zambo, ni Erasmo, ni Khun, ni el Profesor, ni los indios: Cacique y Xavier.  Andaban atontados con las luminarias que coronaban la noche.  Nadie se merecía que le negaran el cielo, pensó Khun.  Nadie

        Descargaron el cadáver junto a la orilla.  Lo depositaron sobre unos troncos que yacían ya preparados, sobre la arena, junto con el campamento del cual habían partido a su campaña en las tinieblas.  Con el cuerpo ya descansando sobre los troncos, se fueron arrodillando y estuvieron llorando más de una hora al lado del cuerpo de Phil.  La selva tiene un poder atroz con los muertos.  Los despedaza sin piedad en pocas horas.  No había nada de romántico en los morados jirones de su piel hongueada, devorada por los gusanos.  En unas horas más, su cadáver no se parecería a nada vivo.  Podría ser el de una bestia, un hombre, hasta el de un demonio amazónico.  Allí estaba, arrodillado a sus pies y cubriéndose el rostro sudado de lágrimas, a pecho descubierto, el Zambo Juan, su cuñado.  De la boca se le escapaba un hilo de baba y, con frecuencia, exprimía el puño izquierdo y pronunciaba unas palabras ininteligibles.  Parecía ser el rezo a una virgen negra que Erasmo le había enseñado a adorar.  Nossa Senhora de Aparecida.  Quizás no fuera ella, sino otra diosa que adorara antes de su cristianización: Jemanjá, la que pacifica los mares.  O, tal vez, le rezaba a otro dios, al Cristo Moreno, al Señor de los Milagros, que había conocido en su juventud cuando militaba en la secta que lo adoraba.  Daba igual. Con esas oraciones quería convocar a espíritus del bien  que lograran silenciar en su cabeza la insoportable negrura de la noche demoníaca que lo había casi vuelto loco durante cinco semanas. 

        Al lado del Zambo, estaba Erasmo, el tranquilo mercenario brasilero.  No sonreía, pero por dentro él sí se sentía feliz, a pesar de la trágica muerte de Phil.  No era que no hubiera amado al simpático bromista, al inglés charlatán y bueno con el rifle.  Su muerte era una pérdida tremenda, pero  ¡Tavamos vivos Merda!, rumiaba para sí.  Ellos, la misión más suicida de la British Rubber Company, eran, muy probablemente, los primeros hombres civilizados que escapaban con vida de aquella región maldita.  Y los primeros que lograban cumplir, más o menos, con su misión.  A la inmensa e impenetrable porción de jungla que yace al este de la confluencia del río Sangre con las lagunillas de Mujeres se la conocía, simplemente, como La Mugre del Amazonas.  En ese allá que se había tragado ya a cinco expediciones, la suya había conseguido sumergirse bajo la negrura de sus copas y emerger de ella con vida.   Habría, también, momentos para celebrar, pensaba Erasmo.  Lo que habían conseguido haría historia en los diarios de Londres y de toda Europa, sin duda.  Serían muy famosos.

        Erasmo miró alrededor.  También estaban allí Cacique y Xavier arrodillados al lado del cadáver, inexpresivos, los dos únicos indios que sobrevivieron.  Los consideraba hábiles y valientes para su raza.  Si no hubiera sido por ellos, los salvajes a serbatana limpia hubieran asesinado a todo el equipo.  Fueron ellos quienes casi salvaron a Phil al rescatarlo de la zanja.  Lo desamarraron y a saltos intentó llegar hasta el parapeto. Pero un dardo venenoso y final le había rozado la pierna durante el escape, y eso había sido suficiente.  No existía poción, ni siquiera la más secreta que Cacique supiera preparar, que hubiera podido salvarlo de ese veneno negro como la noche .  Detrás de ellos, con los brazos cruzados y un dolor que le desbordaba por los ojos, observaba el rito el Profesor.  Era poco lo que quedaba de un cuerpo hermoso y trabajado.  Ahora vestía jirones de músculos exprimidos y demasiadas cicatrices.   Su pensamiento, aún sumergido en la penumbra, rondaba como un fantasma por el fango y la maleza.  El fuego de las estrellas lo iba calmando, pero él aún no conseguía espantar la niebla que le había invadido el alma.  Sintió que se desvanecía, y tuvo que apoyarse en Khun para no irse de cara contra el suelo.  Los dos indios tomaron la pira y la empezaron a arrastrar.  Khun continuó llorando hasta que soltaron la pira encendida sobre el cauce del río.  Se iba su amigo de la vida, el que lo había salvado muchas veces de los dardos envenenados de esos indios del demonio.  Había entregado su propia vida a cambio.  Él no olvidaría eso. 

        Allá se iba Phil, el médico borracho y lúcido que sabía preparar todos los cocktails oficiales del Imperio Británico.  Perduraría en el recuerdo de sus amigos su bebida a base de azúcar refinada, con hojas de coca y flor de opio, que los había salvado de caer totalmente enfermos de tiniebla cuando deambulaban perdidos en la penumbra de La Mugre.  Él fue el más prudente de todos, murmuró para sí Khun: el único que no había querido adentrarse en la espesa noche eterna, pero que, al ver a sus amigos en peligro, no había dudado en entregarse a las garras oscuras de la jungla.   Había muerto por sus amigos.  

        El bote avanzó, lentamente, sobre las aguas espesas, y el fuego que consumía al cuerpo compitió con la luz de la luna un buen rato hasta que no fue más que una finísima línea en el horizonte.  La luna, en cambio, continuaba allí, arriba y del mismo tamaño, una pelota que inflamaba los ojos de los viajeros, desacostumbrados ya con el cielo y con sus luces.

        Luego de la ceremonia, se abalanzaron sobre las provisiones que habían almacenado en el campamento, antes de partir.  Nada que un cristiano supiese comer o cazar vivía en la mugre.  Sólo hormigas, gusanos y otras criaturas repugnantes.  Sin un depósito de seguridad esperándolos, no valía la pena que escaparan vivos de la Mugre, porque igual morirían de hambre al salir.  Y en la selva exterior, aunque era un poco menos pobre, un hombre debilitado no conseguiría cazar ni un miserable ratón.  Con velocidad, abrieron las cajas.  Quebraron los sellos impacientemente.  Rasgaron las bolsas y desparramaron las viandas sobre el suelo. Hubiera sido difícil describir quién hacía qué.  Sería como querer distinguir qué lobo había mordido cuál parte de un venado durante la cacería.  Una ferocidad animal les embargó la voz, y sólo fueron excepción los gruñidos del portugués que al Profesor le recordaron los aullidos de un animal que había cazado en las salvajes llanuras de Tasmania.  Nadie pensaba.  Las manos sólo conocían el frenético ritmo de llevarse la húmeda harina a la boca.  Finalmente, fueron quedando, uno a uno, satisfechos.  Bebieron del agua que Khun había dispuesto, previamente, a hervir.   Se sintieron personas de nuevo.  Zambo, sentado sobre un tronco, se sobaba la panza con satisfacción.  El profesor y Cacique rescataron unas pipas que habían enterrado rellenas con algo de tabaco dentro de un tronco seco.  Encendieron sus pipas y se dedicaron a fumar.  Erasmo y Xavier destaparon varias botellas de aguardiente que se atragantaron hasta quedar completamente borrachos.  Fueron abriendo más botellas aún, y todos bebieron hasta que los ojos, anestesiados, ya no se irritaban con el cielo iluminado de estrellas. 

        A dormir, les ordenó Khun, el capitán.  Habían pasado siete días sin pegar un ojo en su viaje por el corazón de la tierra negra y, si no tenían cuidado, en unas horas les arrasaría los ojos la luz del sol cuando lo vieran por primera vez.  Olvídense de las estrellas, las podemos ver mañana en la noche.  El sol les va a destrozar los ojos si no se duermen. En pocos minutos, estaban todos dentro de sus carpas, profundamente dormidos.  Sólo Khun, quien había tomado la primera guardia, permanecía despierto.

        Se soñó otra vez en la negrura de La Mugre, pero esta vez andaba solo.  Hubiera querido gritar por auxilio, pero la garganta no le respondía.  Y no veía absolutamente nada.  El gas del farol se había extinguido.  Tampoco le funcionaban los oídos.  Parecía habérsele estancado la sangre dentro de sus conductos.  El fuerte zumbido líquido de la sangre embolsada no lo dejaba concentrarse.  El zumbido disminuyó con el tiempo, y una débil luz restableció algo de visibilidad dentro del inmenso pantano negro.  Creyó escuchar la voz de su madre llamándolo desde la oscuridad.  Quiso acercarse a esa voz.  Pero el zumbido reventó como una ola dentro de su cabeza, y la luz se extinguió sin preaviso.  En medio de la penumbra, lo empezaron a tocar.  Primero, fueron caricias suaves que creyó ser las de su madre.  Luego, vinieron golpes fuertes e inhumanos, y mordidas.  Un gruñido de fiera incontenible atravesó el zumbido de sus oídos, y sintió que unos dolorosos colmillos le atravesaban la piel y le devoraban las entrañas.  Es el final, pensó.  Es el final, escuchó decirle a una voz de mujer que no era ni la su madre, ni la de ninguna mujer que hubiera conocido.   

        Se despertó sudando.  Los ruidos de chapoteo lo habían  devuelto a su mundo.  Algún animal habría bajado a beber agua, y la potencia de sus oídos había captado los chapoteos de la fiera.  Lo primero que sintió fue vergüenza por haber sucumbido al cansancio.  Se preciaba de su habilidad militar para controlar su vigilia, pero también era cierto que todo tenía sus límites.  No podía ser tan duro con sí mismo.  El viaje lo había extenuado.  Y sus sensibles oídos mantenían, a pesar del agotamiento, esa capacidad impoluta de captar los mínimos ruidos peregrinos.  Decidió que no iba a prestarle atención a una vibración tan insignificante.  De seguro, la bestia terminaría de beber pronto, y se marcharía hacia lo crudo de la selva.  Pero el sonido continuó más allá de lo esperable, y algo con el chapoteo del agua empezó a inquietarlo.  No sabría explicarlo: sus oídos funcionaban extrañamente, y se mezclaban con sus otras maneras de percibir.  Ni él mismo conseguía interpretar racionalmente algunas de las sensaciones que experimentaba. Algo en el sonido le sabía a pesado, lento, salado.  Ninguna fiera bebería agua con tanta calma a esa hora.  Decidió levantarse y espiar a esa fiera.  No se tratara de un otorongo o, peor aún, de una banda de monos ladrones.

        No vio al animal.  En cambio, allí estaba ella, de pie, cubierta hasta las rodillas por el agua de la laguna.  La luz de la luna reflejaba su cuerpo color papaya sobre el agua y formaba fantasmagóricas imágenes que se dispersaban con las olas.  Caminó hacia su lado de la playa.  Un halo de luz la rodeaba y, junto con esa luz, despedía el aroma de una santa aparecida. 

        Él caminó hacia la criatura solitaria.  Pudo acercarse algunos metros y observar su rostro simétrico como un escudo y bello como un farol de gas encendido.  Sus ojitos estaban desorbitados y enrojecidos.   Habría bebido un alucinógeno, tal vez un compuesto con peyote o ayahuasca, pensó.  Pero no por su trance dejaban de ser hermosos aquellos ojos: dos pequeños planetas negros y borrachos que absorbían su mirada.  De esos ojos se desprendía una magia que le chorreaba por el cuerpo, le recorría los pechos de caracol y bordeaba sus pezones negros como puro carbón inglés.

        Iba completamente desnuda. Poseía la cintura de una niña adherida a unas caderas anchas, fértiles.  Más que una mujer, parecía la hembra de un insecto.  Inclinaba las caderas levemente hacia adelante, como buscando percibir lo que le rodeaba con su sexo antes que con sus ojos.  Su vagina descubierta no tenía vellos, y por ello destacaban sus labios y clítoris rojizos rodeados de arcanos tatuajes y diseños en tinta blanca y roja.  Su sexo era un elaborado arreglo de flores coronado al medio por la más delicada orquídea.  Por algún motivo, él supo en seguida que esa niña y mujer era un virgen.  Y pensó, también, que era una virgen por algo.  Para los indios era, tal vez, una diosa.  La luna le iluminaba el cuerpo mientras recorría las aguas invadida de su trance.  Imaginó, al admirar su cuerpo desde lejos, una hormiga reina que aún volaba por el campo eligiendo el lugar adecuado para fundar su colonia.  Le había tocado contemplar los últimos momentos de vuelo, antes de que se topara con un macho que la montara.  Luego, perdida su virginidad perdería las alas y se encerraría bajo interminables laberintos a parir hijos sin freno.  Aquella niña aún conservaba sus alas.  Eso lo intuía Khun; sabía que los indios preservaban a algunas de sus mujeres por motivos más allá del entendimiento de un civilizado.  Y esta mujer, encima, provenía, sin duda, de La Mugre.  Lo intrigaba la causa de su existencia y el por qué habría escapado de la tutela de su tribu una criatura cuyo aspecto evidenciaba su importancia.  Indudablemente, ella debía ser el eje central de alguna de las más importantes de sus ceremonias.  ¿Se habría atragantado de brebajes y loca, se habría perdido de su camino? ¿O los que se habrían emborrachado eran sus guardas?  La inminencia del peligro lo envolvió.  Sería una trampa, tal vez.  Lo mejor era darse media vuelta y no meterse con aquella santa, pensó.  Quiso obedecerse, quiso evitar mirarla.  Pero aquella mujer bañada por la luna lo atraía con sus ojos negros y rojos, con su cuerpo incandescente.   Y, finalmente, cuando sus ojos vencieron la inhibición que no le permitía admirarla completa, pudo divisar su flor hermosa que ardía rodeada de signos ininteligibles. 

        La deseó.  La deseó con una fuerza inaudita y sólo quiso tomar su brazo y hablarle dulcemente.  Se imaginó observando, de cerca, sus ojos siderales.  Fantaseó con que su cuerpo contenía un espíritu antiguo que lo clamaba desde dentro de aquel cuerpo juvenil.  Se imaginó gozando de su orquídea inaudita.  Perdió la noción.  No notó que se había estado acercando silenciosamente hacia ella, avanzando a través del fango.  Por fin, invadido de un trance propio, llegó a su lado.  Despertó.  No supo apartarse ni evitar la reacción involuntaria de su cuerpo.   La tomó del brazo, y ahí esos ojos dulzones y perdidos se afilaron y la criatura reaccionó con un chillido animal.  La virgen, encolerizada, le mordió el brazo vorazmente y lo pateó en la entrepierna con la impredecible rapidez de un simio.  Sus pies salvajes saltaron sobre el agua y su figura recorrió velozmente toda la laguna hasta llegar al otro lado de la playa.  Su cuerpecillo bañado por la luna se perdió entre la niebla nocturna de la Mugre.  Él, en cambio, no logró levantarse rápidamente.  La patada lo había derrumbado sorpresivamente.  Y una sensación extraña lo había invadido.  Los ojos se le estaban nublando.  Tal vez la mordida de aquella criatura fuera venenosa.  Su esfuerzo se esfumó.  Perdió el sentido.  Varias horas después, Khun se despertó, todo sudado.  Los primeros rayos del amanecer coloreaban de rojo al río Sangre.  Miró, desde lejos, hacia el campamente.  Parecía que el resto del equipo aún dormía.  Se levantó del fango y se acercó a la playa de la otra orilla.  Con un dedo del pie dentro del agua, jugó a dibujarla. 

        El primero en despertarse en el campamento fue el Profesor.  Debía ser mediodía, a juzgar por la sólida pelota naranja que hervía el aire con su fuego y levantaba columnas de vapor que se colaban entre los árboles.  El escándalo de la selva y su húmedo calor eran insoportables.  Es el encanto de la naturaleza, diría Phil.  Aquel optimista nunca se dejaba afectar por los elementos.  Tal vez por eso la jungla fue tan implacable con su cadáver, pensó el Profesor para sí.  La selva se encontraba en plena ebullición diurna.  Bramaban los diez millones de insectos.  Rabiaban en coro los animales desde todas las direcciones de la jungla.  Tal vez fuera mejor regresar e internarse en La Mugre, ironizó el Profesor, mientras espantaba a una variedad de mosquitos.  Pero no había otra salida más que seguir.  Se desperezó y, una vez de pie, dio una vuelta de reconocimiento alrededor del campamento. 

        De a pocos, y con sus llamados, fueron emergiendo de las carpas Erasmo y Zambo, Cacique y Xavier.  Aún llevaban sobre sus ojos los estragos de la larga noche.  Erasmo arrastraba los pies acalambrados y se apoyaba cada cuanto sobre una piedra para estirarse los músculos.  Zambo también estaba adolorido y se quejaba.  Algún bicho le había picado en el muslo y éste se le había hinchado y enrojecido.  Cacique lo ayudó revisando la picadura.  Él y Xavier estaban físicamente intactos, como siempre.  Para ellos, la jungla es un club de polo, pensó para sí el Profesor.

        -Han visto a Khun?

        Durante su recorrido, el Profesor  creyó haber visto a un hombre a lo lejos, cruzando el lago hacia los bordes de La Mugre.  Un hombre que se parecía a Khun.  Pero, no podía ser.  El sol estaba demasiado fuerte y el espejo de la laguna reflejaba una luz enceguecedora.  Él había bramado el nombre de Khun a todo pulmón.  Pero la imagen borrosa no se había detenido ante los gritos.  Habrá sido una visión, se había convencido.  Nadie, ni siquiera Khun, sería tan loco de adentrarse solo en aquella horrorosa oscuridad.  Pero una rápida inspección por los alrededores reveló que no estaba en ni en su carpa ni cerca del campamento.  En vano llamaron su nombre, pues sólo les contestaba el inmenso e incomprensible ritmo de la jungla.

        Por fin, Xavier encontró una nota junto a las bolsas de víveres.  Era breve, al estilo de Khun.

        Regresé. He tomado alimentos para una semana.  No me sigan. Me he vuelto loco.

        Capitán Herbert Sigfried Khungaard.

        -Qué merda é isso?, musitó Erasmo.   O que aconteceu com aquele maluco?
        -Deben haberlo embrujado, fue el veredicto de Cacique.
        -Pamplinas, replicó el Profesor.  Estaría desorientado.  Habrá perdido el juicio de momento.
        -Verdad, lo que dice Cacique es verdad, rebatió Xavier.
        -No hay brujas ni embrujos ni encantos ni hechiceras, indios supersticiosos; cuántas veces lo tengo que repetir?, los rezondró el Profesor.

        Cacique se quedó mirando al profesor un largo rato. Algo de reprobatorio le flotaba en los ojos, aunque la expresión de su rostro no se alteraba nunca.  Sus emociones sólo podían descifrarse mediante la energía que despedían sus ojos y las leves inflexiones en el tono de su voz, o por la velocidad de su conversación.  Pero, esta vez, fue difícil comprender si lo que decía el indio calificaba como una conjetura o una convicción absoluta.  Habló con el mismo tono de voz seco y melancólico con el que le rezaba a sus dioses.

        -Profesor, yo le digo que: pobre, pobre, Khun, que le ha caído la calentura de la Mugre.  Si sólo de ella se ha calentado él, tal vez se pueda él salvar.  Pero si ella se ha calentado de él, y si ella caliente deja que a ella él la conozca, serán ambos sus perdiciones, y será esa perdición la nuestra si los seguimos.

        No entendían de qué hablaba.  El Profesor y Erasmo se miraron.  Sus rostros aburridos se reflejaron en una sola mueca descreída.  Las supersticiones de los indios eran muchas y variadas.  Cuando uno creía haberlas escuchado todas, algo nuevo se traían entre las muelas, musitó el Profesor, y Erasmo pareció asentir cansado con la mirada.  Para Cacique, cualquier novedad: una muerte, una desaparición, una tormenta, tenían una explicación mágica.  Las cosas sucedían porque algo se quebraba en el orden de la selva.  Un hombre blanco cazaba un animal prohibido.  Un dios borracho violaba a una aldeana sobre la playa de un río.  La maldición de un padre desquiciado por la muerte de su hijo tomaba la forma de un demonio.  Historias, historias, historias, pensaba el Profesor.  Esta vez, se trataba de una mujer, seguro que una sirena de los ríos, tan común en sus leyendas.

        -¿Cuál mujer?
        -La mujer que se ha ido a perseguir el taita Khun…dijo Cacique.

        Quién podría ser esa mujer de la que hablaba, con tanta seguridad, Cacique?  Al profesor le hervía la cabeza.  Los indios constantemente se salían con absurdas supersticiones.  Una mujer que se baña desnuda en un lago plagado de bestias a la medianoche?  Cómo podía ser? Cacique hablaba de una reina luna.  No importaba qué visión nocturna pudiera haberle afectado el juicio a Khun.  Les competía seguirle los pasos.  No podían abandonar a su capitán en una situación tan precaria. 

        -Ele ordenou nao seguir ele, musitó Erasmo.  Tal vez quer nos librar de uma tragedia…

        -Pero también dice en la misma línea que se ha vuelto loco, se defendió el profesor. 

        Era evidente que Erasmo no tenía intención de seguirle los pasos al capitán, ni mucho menos de adentrarse nuevamente en La Mugre.  El Profesor analizó la jugada de ajedrez que le tocaba.  Podía contar con que tenía a los indios incondicionalmente de su lado, y a que el Zambo seguiría a la mayoría.  Por eso, si él insistía, Erasmo tendría que arrastrar los pies, o arriesgarse por su cuenta.  E insistió con voz firme:

        -Pues loco o no, embrujado por una mujer o no, nos vamos a buscarlo.  Levanten sus cosas, holgazanes!

        Ahí Erasmo se levantó protestando.  Eu nao vou, porra. No había forma de convencerlo.  Pero el Profesor sabía que podía contar con los demás.  Continuó ordenando con voz firme.  Y vio en los ojos de sus indios la señal de la obediencia, y en el Zambo una indolente expresión del que seguiría con el grupo más grande.  Los Mandó a empacar sus cosas e iniciar la caminata hacia la laguna.  Como era de esperarse, Erasmo prefirió continuar con el grupo, y sus quejas y súplicas no consiguieron despertar en los demás el motín que hubiera preferido.

        El primer paso para internarse en la noche eterna era el más difícil.  Había que cruzar el umbral del primer árbol cuyas copas ya no acababan nunca, abandonar la luz del día, e internarse en la noche sin fin de La Mugre.   Para no sucumbir al horror, debían hacerlo con varias copas encima y con las linternas a gas encendidas.  Era necesario estar borracho, porque así nomás nadie en su sano juicio se internaría e, incluso quien lograra internarse, rápidamente perdería el poco juicio que le quedaba.  Y era necesario que no llevaran fuego, sino linternas y faroles.  Cualquier antorcha que ingresaran ardería el bosque entero. 

        Aguardaron a que pasara el día y a que cayera la noche nuevamente.  Era la única manera de envalentonarse.  Armaron, también, con unos troncos que habían levantado durante el día, una fogata al lado de la laguna, entre la playa y la fila de árboles gigantescos que conformaban la frontera del agua con La Mugre.  Abrieron seis botellas de aguardiente de Pisco y se las bebieron hasta emborracharse.  Después de que vaciaran la última botella, Cacique se levantó de su lugar y extrajo varias bolsas de su mochila. 

        El Profesor quiso saber sus intenciones.  Son medicinas que he guardado para el final, respondió Cacique.  Como siempre, su tono lacónico y seco daba a entender muy poco sobre sus reales emociones.  Con esta medicina les haré un hechizo que nos hará ver luces en la noche.  Como ya llevaba un litro de Pisco encima, al Profesor no le pareció mala la idea.   Quizás si estuviera sobrio se habría opuesto, pero el calor del trago lo envalentonaba.  Iba en busca de su capitán y no tenía en la cabeza otra alternativa que penetrar las fauces inmundas de La Mugre.  No regresaría a Iquitos y mucho menos a Londres sin su hermano menor.  Y mejor hacerlo drogado y borracho, porque, en el fondo, sabía que nadie llegaría vivo. 

        Qué loca aparición podría haberse robado el sano juicio de su hermano? Ellos juntos habían aceptado organizarle la expedición a la Rubber Company.  Pero no sólo los motivaba el afán de lucro.  Compartían junto con Phil el amor por la ciencia.  Él era un fotógrafo y un entomólogo aficionado.  Khun, un ex oficial del imperio y un botanista excepcional.  Algunos de sus papers habían visto la luz en más de un journal.   Khun era el más inteligente y cuerdo del grupo, el que proveía el balance y distribuía entre todos una noción simple de respeto.  Sin él, tal vez Erasmo y Zambo se hubieran abierto las respectivas gargantas el primer día que se conocieron, en las oficinas de la RubberNao gosto de negao, fue lo primero que le salió de la boca a Erasmo.  Y lo primero que salió de la boca del Zambo Juan fue espuma.  Sólo la intervención de Khun evitó lo peor.

        Cacique dispuso las bolsas alrededor del fuego.  Las abrió y las dejó ahí, reposando frente al fuego.   Posó una olla de metal sobre las maderas ardientes, le agregó agua, fue abriendo las bolsas y vaciando su contenido dentro de la olla, y calentó una espesa sopa a la que le fue escupiendo una masa que extraía de un pocillo de barro que luego se llevaba a la boca y masticaba.  Sólo Cacique sabía de qué se trataba.  Era una de las más potentes pociones de ayahuasca que se conocían por aquella región.

        -Esta vez no entramos solos a La Mugre.  Voy a darles los ojos de los Supaypa Huasi, los que danzan en la casa del Diablo.

        Cacique había sido un golpe de suerte.  En vez de un indio enfermizo de los que abundan en el mercado, éste era uno de los pocos chamanes que conocían algo de las costumbres anteriores a la llegada de los taitas y sus plagas.  Antes de la viruela y de la gripe, cientos de miles de recetas, pociones y hechizos habían gobernado la vida y la muerte en el continente.  Muchos sacerdotes habían muerto y sus nietos, los chamanes,  sólo mantuvieron algunas costumbres, las que los curas españoles no consiguieron extirpar.  Y la sopa que Cacique preparó aquella noche era el espíritu de mil generaciones de altos sacerdotes trasladadas por los Taki Onkoy a los Supaypa Huasi.  Tal vez fue la última vez que se haya preparado en la historia conocida.  El Profesor hubiera querido anotar los componentes y los detalles de la cocción, pero Cacique no destilaba sus secretos fácilmente.  Moriría con ellos, o se los trasladaría al chamán que le tocase formar, cuando llegase el momento.

        Está listo.  Y la bebieron uno a uno y, al mismo tiempo que bebían, Cacique susurraba unas canciones lentas como el sueño de un niño.  Y, tras un largo silencio, los líquidos tomaron posesión de sus estómagos y treparon por sus nervios hasta las cabezas y se apoderaron de sus almas.  Los ojos les brotaron de sus órbitas y el mundo fue otro.  El chirrido millonario de los insectos se transformó en un perfecto coro de niñas.  Las fauces del bosque se abrieron  y la noche eterna les mostró un camino de entrada iluminado de chispas mágicas que habían emergido de la tiniebla sin aviso.  Todos, tras el Profesor, que había tomado el rol de capitán, corrieron hacia adentro de la boca negra gritando enloquecidos por la droga que les abría las puertas del mundo de los muertos.

        Dentro de la Mugre, las copas de los árboles se arremolinaban en un enorme techo que no dejaba traspasar un solo rayo del sol.  Debajo del follaje, era permanentemente de noche y, a medida que uno se adentraba en la jungla, la oscuridad aumentaba hasta el absoluto.  No había manera de traer luz a aquellos parajes.  Los árboles que allí crecían eran gruesos como montañas.  Sería descabellado intentar abrir un pasaje.  Derribar a aquellos gigantes requeriría de maquinaria moderna y muy cara.  Habría que montar un enorme aserradero e importar mucho carbón.  Y aún con que se consiguieran el equipo y los recursos, trasladarlos hasta estos parajes requeriría un esfuerzo titánico.  Sólo Rockefeller, Carnegie o John Pearl Morgan serían capaces de financiar una empresa como aquella.  Y quién querría hacerlo, si lo único que contenía eran animales inútiles e indios violentos y caníbales.

        Tampoco era muy inteligente probar iluminar el interior con fuego, pues podían desatarse feroces incendios que arrasarían con la maleza, los animales y el humano que lo hubiese empezado.   Paradójicamente, se decía que el fuego no tocaba los gigantescos troncos que aparentaban ser de piedra.  Eran a prueba de todo.  Una vez dentro de la eterna noche de La Mugre, no había manera de medir el tiempo, salvo que se llevaran relojes y se anotaran los cambios en un calendario.  El tiempo se detenía y podían pasar días, semanas y meses dentro de la Mugre, y daría la impresión de haber transcurrido unos minutos.

        La pócima de Cacique los ayudaba a avanzar en medio de la oscuridad.  En sus ojos calibrados por el ayahuasca, el Profesor conseguía distinguir las huellas de Khun.  Su formación racional le impedía abandonarse completamente a las visiones de sus ojos.  Debía haber una explicación para esos fuegos artificiales que los guiaban.  Una iridiscencia emanaba del suelo y mostraba unas pisadas fosforescentes.  Era como si la droga lo dotara del poder para detectar el rastro de calor de los pies de Khun.  Aquellas pisadas se mezclaban con las fosforescentes pisadas de otros animales.  En un momento, el negro bosque le pareció la antesala de un parque mitológico iluminado por cientos de minúsculas velas de todos los colores. 

        Poco a poco, los fuegos fatuos se extinguieron y los fue ganando la oscuridad.  El Profesor y Erasmo se habían tomado de la mano, y de ellos se colgaron Zambo y los dos indios.  Y así, ingresados al mundo de los ciegos, anduvieron más rato intentando llegar a una zona más alta y seca donde pudieran encender un farol de gas.  É como una parede preta em volta de mim, pensó Erasmo, aunque no recordaba si lo había dicho en voz alta o no.  La oscuridad aturdía los sentidos y la sensación de realidad se iba alterando.  A veces, creía que el Profesor había dicho algo, o que un animal le chirriaba al lado del oído, y era falso.  Otras, lo invadía un calor arrecho seguido de un frío que le helaba la cabeza.  Tenho que manter a fe.  Tomó con la mano libre las cuentas de un rosario que guardaba.  Total, nadie lo podría molestar y rezaría en paz mientras avanzaban.  Sólo había que continuar unidos y encontrar el momento de encender una luz. 

        Zambo había jurado que no regresaría nunca a La Mugre.  Por qué habría aceptado seguir al Profesor?  Se maldecía por dentro, por su mentalidad dócil de nieto de esclavos.  Por qué esa necesidad de complacer a los blancos?  Mejor hubiera sido aliarse con los indios y partirles la garganta a los europeos y huir con las provisiones y vender a la competencia los hallazgos que habían levantado.  Sólo las placas fotográficas del Profesor debían valer una fortuna.  Y las muestras de plantas y animales de Phil, valdrían otra fortuna más.  Pero quién le iba a creer a un negro.  Seguro que lo metían preso sin pruebas apenas pusiera el pie en Iquitos.  Su maldición era que un negro era siempre culpable hasta que se demostrara lo contrario.  Por eso, no podía portarse mal, porque eso era lo que esperaban de él.

        Contaron ocho horas en la oscuridad absoluta por el método que Phil había inventado.  Eso quería decir que afuera, en el mundo, era de día.  No había donde posar la lámpara y conectar las perillas, así que su única guía era la voz tenue del chamán.  Por ahí sube el monte, guió Cacique al Profesor.  Por fin, pisaron un terreno seco y allí posaron la lámpara y la encendieron.  Los ojos les dolieron al principio, pero se acostumbraron a la iluminación y pudieron observar el mundo dentro de su minúsculo globo de luz.

        Anduvieron todo el día contando las horas hasta que llegó la noche.  Acamparon.  Encendieron una pequeña hornilla a gas  y Zambo preparó unos frejoles con arroz que sabían a guardado.  Cacique parecía preocupado.  Su cuello giraba nerviosamente, como queriendo captar el ruido de los acontecimientos.  Los pájaros, dijo. Algo pasaba con las canciones de los pájaros.  Se han vuelto locos.  Explícate, Cacique, le pidió el Profesor.  Es el amor de la luna, los tiene locos.  Ella se ha enamorado de él.

        Después de la comida, Cacique, en silencio, preparó en una olla otra poción más diluida sobre la base del ayahuasca.  Esta no es para buscar muertos.  Esta es para contar historias.  Bebieron y se arremolinaron alrededor del farol y Cacique inició su narración  Nunca aquel indio había hablado tanto:

        Los indios de aquí yo los conozco desde que mi chamán me instruía, hace muchas, muchas lunas.  Un día, hace muchos años, me dijo mi chamán: ándate adonde los indios sin sol.  La Mugre era más grande entonces, y más oscura.  Y crucé La Mugre y me vine a vivir con ellos un tiempo, así que conozco estas tierras sin luz bastante.  A mí no me comieron, porque no era taita y, además, gozaba de protección de mi chamán, que era hombre bien poderoso y hasta en estas regiones sin luz le tenían mucha devoción.

        Y entonces, llegué a vivir donde ellos.  En las aldeas de los indios sin sol las casas son de piedra, como en las épocas del inka rey.  Y ellos hablan una lengua muy parecida con la de mis mayores.  Y me entendí muy bien con ellos y con el anciano que los gobernaba.  Y me gané de su confianza y mientras estuve allí me dieron libertades de andar por las comarcas y hasta me enseñaron a cómo preparar la poción de ver las luces que brotan de la oscuridad.  Sólo que ese don lo dan y lo quitan, y al final de la visita me lo quitaron y me dejaron el don de hacerlo una vez más, solamente.  Y ya no podré prepararlo más, mientras viva entre los vivos.

        En mis andares conocí cómo vivían, y sobre todo que estos indios no formaban familia, sino que viven todos juntos en pecado, y que ninguna mujer es de ningún hombre, y que todos los hijos son del pueblo.  Y así como ellos, en aquel tiempo yo también viví en pecado y nunca tomé una mujer más que por una noche, y ninguna mujer que me escogiera pasaba más que una noche en mi lecho.  Y tan ardiente es esta gente y tanta ansia de cama tiene que a veces me tocó en una cama andar con varias mujeres, tal vez porque fuera novedad o por ser criado de tan venerado chamán.

        El hecho es que un día ya viciado de aquellos libertinajes casi perdí la vida, porque me invitaron a una de sus más sagradas ceremonias, y allí conocí a su reina luna, y tanto fue su amor por mí, que casi le traigo, sin querer, el fin del mundo a aquellos indios. 

        Resulta que esos indios son como las hormigas, y escogen una reina para cada época, y esa reina queda virgen para medir el tiempo, porque a falta de sol y estrellas, no teniendo con qué medir los días, los meses y los años, se guían por la menstruación de la niña, a la que alimentan con un hechizo que la mantiene siempre joven y fértil y con su periodo.  Pero es tan duro el esfuerzo de su virginidad y el efecto del hechizo, que alrededor de las treinta primaveras usualmente fallece, y toma su lugar otra escogida.

        Y esa pócima que le alimentan le limpia el espíritu de malos deseos, y por eso no conoce hombre, porque no lo desea.  Y sería el fin del mundo para los indios sin sol que conociera hombre y que quedara en cinta antes de que estuviera preparada una nueva escogida.  Perderían la noción del tiempo, y no sabrían cuándo plantar ni cuándo cultivar, se volverían locos.

        Dicen los mayores de estos indios que algunas reinas lunas se enamoran de un hombre, y que cuando eso pasa, es necesario matar al hombre antes de que ella lo viole, porque tan fuerte es su atractivo y tan alta su destreza que ningún hombre podría evitarla, y así deberá huir o ser muerto.  Pero lo peor es cuando el hombre se enamora, porque allí sólo la muerte es la solución, ya que no sólo no podrá resistirse a sus encantos, sino que los buscará activamente.

         Y fue por eso que me convocaron los ancianos y me enviaron de regreso adonde mi chamán.  Para no tener que matarme.  Y desde entonces nos sabemos enemigos.  Y si me han visto después, merodeando por La Mugre, han disparado rápido la serbatana. Y si estoy vivo, es que tengo buena corrida.  Y ahora es triste que Khun se haya enamorado de una reina luna y la ande persiguiendo.  Ojalá que lo encontremos antes de que cometa la locura y sea muerto, o, peor, que ella se enamore de él y lo tome de varón…

        Un ruido interrumpió la historia de esa noche.  Se escuchó un grito inmenso.  Al profesor le recordó el gemido de la hembra del otorongo cuando copula con el macho.  Es un grito que ocupa los oídos durante largos minutos y no los suelta: una advertencia a todos los animales de la selva.

        El rostro de Cacique se transformó en uno de pánico.  El fin del mundo ha llegado.  Ni bien dicho eso, unos soplidos se escucharon.  A Zambo se le pusieron los ojos blancos e inmediatamente perdió el balance y cayó al suelo.  Lo había alcanzado un dardo venenoso.  Gritos de indios desaforados rodearon toda la extensión del bosque.  Pero el gemido intenso no cesaba.  Por aquí, por aquí, repetía Cacique llevando el farol.  Otro dardo alcanzó a Erasmo en el talón, pero no consiguió penetrar del todo.  Sigan, sigan, no importa, gritaba Cacique, y tras él el Profesor, Xavier y Erasmo corrían a todo pulmón.

        Huyeron durante horas, hasta que, por fin, cerca del borde, hallaron un parapeto de troncos y se ocultaron dentro y desempacaron los rifles y la ametralladora.  Xavier y Erasmo armaron la ametralladora con prisa.  Cacique desenredó las municiones y con prontitud la armaron.  El Profesor desempolvó las granadas.  Mientras todos se preparaban para la defensa, Cacique amasó unos polvos, los mezcló con agua y le pasó la pomada por el talón a Erasmo.  Vivirás, le susurró.  Mientras preparaban su defensa, el chillido de la hembra otorongo continuaba penetrándoles los oídos.  Tenía que ser un grupo de hembras, pensó el Profesor. Estaban copulando en serie con algún grupo de machos. Imposible que una sola hembra copulara por tanto tiempo.  No es un otorongo.  Cacique le leía, una vez más, el pensamiento.

        Permanecieron ocultos hasta que los silbidos de las serbatanas y los gritos de los indios regresaron a cercarlos.  Cuando sintieron que los tenían suficientemente próximos, bajo la orden del Profesor, Erasmo maniobró la ametralladora, y el resto disparó sus fusiles.  El ruido consecutivo de las balas apagó todos los sonidos.  Sólo fue interrumpido por dos explosiones de granada y el gemido constante de la bestia hembra, que por nada se apagaba, penetrante, les ardía los oídos.

        Como era de esperar, el impacto de las granadas inició un incendio que se empezó a extender rápidamente.  Era el momento de huir, ordenó el Profesor.  Tuvieron que dejar la mitad de su cargamento abandonado y correr con todas sus fuerzas evitando las llamas, hasta que la iluminación del día los alcanzó sobre los bordes de La Mugre.  Cruzaron, nuevamente, la frontera entre el día y la noche, y cayeron exhaustos sobre la arena fresca de una lagunilla. 

        El chillido de la hembra continuaba a todo pulmón.  Y se escuchaban también quejidos y llantos.  Por entre los troncos de los árboles indestructibles, un feroz incendio consumía todos los llanos y su maleza.

        Es el fin del mundo.  Ya no hay reina más luna, murmuró Cacique.  No voy a abandonarlo, maldijo el Profesor.  Ella es como la reina hormiga, replicó Cacique.  Cuando se acaba su reino, devora a todos los machos y se escapa a otro hormiguero, y ahí se esconde tras de otra reina y le devora la cabeza y se monta encima y comanda su nuevo reino…

        La cabeza de Khun, reducida a una décima parte, colgaba de una liana en medio del  pasaje.  Xavier andaba con la pesada metralleta al pecho, con el apoyo de Erasmo, quien no había sabido escapar.  Cacique sí había desaparecido.  No quería entrar nunca más a La Mugre.  Algo dijo, como despidiéndose (aunque nadie lo entendió, en ese momento, como una despedida): que había preparado su último brebaje, y que la hora de encontrarse con su maestro ya le había llegado.

        La cabeza de Khun, reducida a una décima parte, colgaba de una liana, pensó en contarle el Profesor a la burócrata que, del otro lado de la mesa, anotaba el relatorio.  El clac-clac imparable de la máquina de escribir le recordó las últimas ráfagas de metralla con las que se defendieron la última tarde de La Mugre. Los nativos habían emergido de sus tierras y los perseguían en pleno día.  Cuando lograban matar a uno y examinarlo de cerca, era evidente que pocas horas de sol le habían carcomido sus ojos pútridos y ensangrentados.

        Pero no iban a quitarle esa cabeza.  Era lo que querían.  Xavier traducía los gritos que emergían, como un canto, de la jungla.  Dicen que necesitan la cabeza para devolverla a su cuerpo.  Dicen que es para matarla, para matar al demonio.  Cuál demonio?  Podían irse al demonio.

        Esta es la cabeza?  No parece real.  Por qué no se las entregó?

        El clac-clac había parado.  Elizabeth, funcionaria de la British Rubber Company, había interrumpido su tipeo, y ahora, con ambas manos inspeccionaba la cabeza.  Tenía el tamaño de una bola de softball.  Los ojos eran dos finas líneas dibujadas sobre una dura coraza pegajosa y oscura.  Ojos y boca parecían querer abrirse para lanzar una maldición.  Pero unos hilos negros los retenían.  Los nativos habían tomado sus precauciones.

        Khun habría hecho lo mismo por mí.

        Ella interrumpió su estudio de la cabecilla.  Era bella para tener 45 años.  Mantenía un cierto aire a distinción, aunque ya marchito por la selva.  Se contaba por ahí que estuvo comprometida a un conde muy adinerado, veinte años atrás.  Pero le había sido infiel con un peón de hacienda una noche antes de consumar la boda.  Hoy, su belleza añeja y su melena rojiza encanecida se pudrían bajo el calor infernal de Iquitos. Él tenía entendido que a la ciudad había llegado de puta, pero que había logrado la posición de amante de un alto funcionario de la Rubber.  Cuando éste se fue a Londres, su regalo de despedida había ese escritorio, la máquina de escribir alemana y su posición de secretaria inamovible.  Aquel alto funcionario había ascendido hasta director, y por ello ella había resistido en la misma posición todos estos años.

        Pero si les entregaba la cabeza, los indios los dejaban en paz.  Tal vez se hubieran salvado sus indios, y hasta Erasmo…

        Esperó que su suspiro por Erasmo no la hubiera delatado.  Había intentado escribir un relatorio coherente, pero este tipo no hilaba.  Tantos días sin sol bajo las sombras de La Mugre le habían aflojado un tornillo, pensó.  Él era el único sobreviviente y, a la hora del inventario, no llevaba ni muestras, ni fotos, ni anotaciones.  Sólo la inmunda e inútil cabeza.  Nunca había visto una de cerca y, la verdad, ahora que la tenía en frente, sospechaba que se tratase de un embauco.  Conocía bien a Khun, y ese amasijo de cuero podía ser la cabeza de cualquiera, hasta la de un mono.  Quién sabe si El Profesor se había quedado con lo que sea que había encontrado dentro de La Mugre.  Quién sabe si estaban todos vivos y encargados de contrabandear un importante cargamento de caucho, o de oro, o si habían tomado esclavizado a un pueblo entero y ahora mismo los estaban vendiendo a peso en el mercado central.

        Hay algo que no cuadra en esta historia.  Sigo sin entender a quién se fue a perseguir el capitán Khungaard.  Usted mencionó una mujer.

        Fue lo que dijo el brujo.  Y, la verdad, no le creí.  Hasta que yo mismo la vi.

        Y le describió ante su expresión incrédula la visión de la última noche.  Le contó cómo, para escaparse de los indios, cuando ya Erasmo y Xavier habían sucumbido,  se ocultó debajo de la enorme saliente de un árbol al lado de un vasto río.  Y allí la había visto llegar.  Una india desnuda de pechos enormes.  Entre las piernas, un chorro de sangre se había encostrado.  Arrastraba por el margen del río un cuerpo sin cabeza.  Chillaba.  Bajo el pánico que lo azotaba, no estuvo seguro de entender si era un chillido de pena, o uno de felicidad.

        Y la vio posar el cuerpo sobre la playa.  La luna iluminaba todo.  A ella parecía molestarle la noche, como si la poca luz que proyectaba del cielo fuera a incinerarle los ojos.  Él reconoció el cuerpo de Khun.  En las manos, él llevaba su cabeza.  Y el resto estaba en posesión de esa india adolescente que chillaba como un animal.

        Y por qué no hizo algo?  Si tanto le importaba su amigo, por qué no rescató el cuerpo?

        Estaba paralizado.  No pude hacer nada.  Igual ella escapó al amanecer a ocultarse en las sombras de La Mugre, y abandonó el cuerpo de Khun ardiendo bajo el sol como si le hubieran rociado combustible y lanzado una cerilla.

        Y continuó contando la historia, sin importarle las frecuentes interrupciones de Elizabeth.  Poco a poco, la historia la fue enmudeciendo.  Al final, con un chorro de sudor sobre su frente, ya no supo decir nada.  Él le explicó con lujo de detalles cómo era el cabello de esa mujer, y cómo eran sus pechos hinchados, y el color de la sangre que le recorría las piernas.  También, describió, en detalle, el cuerpo de Khun, sus heridas y la manera en que el cuello parecía que lo habían mordido las bestias.  Y su erección.  Le describió el tamaño, forma e inclinación del pene de Khun ante la mirada incrédula de Elizabeth, que no sabía qué decir, qué preguntar, o si debía pedirle que se calle.  Ninguna parte de esta última porción de la historia podría incluirla en el relatorio. 

        Dicen que la asfixia puede causar erecciones prolongadas.  Imagínese lo que podría sucederle a un cadáver cuando lo decapitan. 

        El Profesor estaba seguro.  Esa maldita criatura había degollado a Khun.  Y la logró agüeitar copulando con el muerto, iluminada por la luna.  Chillaba como un otorongo en celo, y gozaba desenfrenadamente de su cuerpo inerte.  Cuidado con las hembras.  Muchas animales hembras, cuando se hacen espíritus le comen la cabeza a sus varones para aprovechar el cuerpo y quedarse encinta; igual le pasa a la reina luna cuando se hace espíritu. Ella se hace hormiga.  Ella se hace pájaro.  Ella se hace jaguar-  La reina luna loca le come la cabeza al hombre que ama, les había confesado Cacique, entre lágrimas, antes de fugarse. 

        Elizabeth, con los ojos clavados en el Profesor, pensó en el grabado de una Mantis Religiosa que había admirado en una enciclopedia, hacía muchos años, en la escuela. 

        The female may begin feeding by biting off the male’s head, and if mating has begun, the male’s movements may become even more vigorous in its delivery of sperm

        También, recordó la imagen en blanco y negro de la Viuda Negra.  Debajo de la imagen grabada en el libro, pudo recordar el texto que la acompañaba.

        The prevalence of sexual cannibalism in some species of Latrodectus has inspired the common name "black widow spider".

        Cómo la adolescente virgen que el Profesor había descrito al comienzo de su historia se había transformado en un demonio decapitador, Elizabeth no conseguía imaginarlo.  Continuó tecleando su informe durante bastante tiempo después de que el Profesor abandonara la habitación.  Luego, resumió el reporte completo en una hoja pequeña, lista para transmitirse por telégrafo.

        Reporte Final:
        Situación: Expedición a La Mugre.  Duración 5 meses.  2 ataques indios.
        Único sobreviviente – Profesor Antonio José de Romaña López
        Muertos: Doctor Philip August Temple (dardo venenoso), Captain Herbert Sigfried Khungaard (decapitado), Lieutenant Erasmo Guisseppe Porcari (diarrea), Indian Cacique N.N. (no habido), Indian Xavier N.N. (dardo venenoso), Mulatoe Zambo N.N. (dardo venenoso)
        Resultados: Pérdida Total.
        Comentarios/Recomendaciones: Ninguno. Archivar.

        Elizabeth abandonó la habitación.  Salió a tomar aire y a fumarse un cigarro.  La lluvia de la tarde esparcía un aroma agradable, y no hacía demasiado calor.  Por las calles avanzaban algunas carretas y uno que otro automóvil.  Decidió, mientras daba unas pitadas, que el Profesor era un mentiroso.  No le importaría olvidarse las mentiras, si no fuese por Erasmo.  Habían mantenido un romance previo a la partida de la expedición.  Y la carta que recibió de él, enviada desde el último depósito postal que visitaran antes de internarse en lo denso de la jungla, contaba una historia distinta.  Erasmo describía a Phil como un borracho taciturno y peleón.  Se llevaba pésimo con Khun.  A Khun lo llamaba bocón y de burro, pouco inteligente.  A Cacique, lo consideraba ladrón y mentiroso.  Zambo era un codicioso y violador de indias.  Y el Profesor y Khun no podían ser hermanos.  No había revelado a nadie el contenido de esa carta, y durante el interrogatorio al Profesor Antonio ella había mantenido sus sentidos aguzados, gracias a las contradicciones entre la carta y su historia.  Cuál era la verdadera historia?  Su intuición femenina había detectado el tufo a falsedad.  Algo muy feo se ocultaba tras la máscara del Profesor Antonio.  Y a ella le interesaba saber si Erasmo estaba vivo.  Pero, para saber si estaba vivo, tendría que mirar para dentro de esa máscara.

        Se dedicó a proyectar a los personajes y a intentar predecir, en su cabeza, las acciones que podrían haber tomado bajo las circunstancias, porque decidió que, al menos, las circunstancias sí guardarían algo de veracidad en el tejido de mentiras del Profesor.  Xavier, sin duda, había sido el primero en morir.  La picadura de un animal, algo insignificante que no valía la pena incluir en la historia refaccionada.  En cuanto a Phil, se había caído dentro de una zanja por borracho, y había muerto del impacto.  Cacique y Zambo habrían intentado fugar apenas llegaron al claro de la laguna, pero por intentar robarse las muestras recogidas, los habían descubierto.  El implacable Khun les disparó y, luego, despedazó los cuerpos a sablazos. 

        Qué habría pasado, finalmente, entre Erasmo, Khun y el Profesor?  Decidió que no había sido por amor.  No había indios ni mujer luna en la historia.  Muy complicado.  Eran una fachada.  ¿Una historia de amor?  Seguro habían saqueado algunos pueblitos en el camino, y violado a varias indias.  Pero habían abusado de seres humanos comunes y silvestres, no de sirenas que le cortan la cabeza a sus consorte. 

        Qué historia la del ciclo menstrual, pensó.  ¿Estaría repitiendo una leyenda, o sería una invención enteramente suya?  Algo se ocultaba tras esa historia.  Tal vez un hallazgo, un tesoro.  Algo para desenterrar antes de que los ojos de la Rubber vuelvan a posarse en su historia y se reinicie el escrutinio.

        Ella se apoyó sobre la varanda de fierro y miró hacia la calle.  Creyó distinguir el traje azul marino del profesor alejándose entre la multitud.  Un automóvil negro lo esperaba en la otra esquina.  Aguzó la mirada.  Se apoyó aún más sobre la varanda.  Una india muy joven lo esperaba en el asiento de atrás.  Dentro del auto que se alejaba, logró distinguir que se besaban apasionadamente.

        Tal vez sí fue amor, entonces.  Pensó Elizabeth.  Tal vez por eso se mataron entre ellos.