EL EMPERADOR MESTIZO
Dos Romas han caído, pero la tercera aún permanece. Y una cuarta Roma no habrá.
Philoteus el Moscovita. c. 1520
Se dice sobre ella que en 1580 era la ciudad más grande del imperio español y la tercera orbe del mundo, con más de 150 mil habitantes
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Corrió a pesar del dolor, a sabiendas que iba lento. Su malogrado corazón no le permitía acelerar el paso. Las Piernas le hormigueaban y su cuerpo ya no lo sentía propio. Por momentos, salía fuera de sí y se espiaba desde lejos acorralado, a punto de sucumbir como una bestia herida y alocada con el vapor cercano que le respira encima un cazador acechante. El latigazo en el pecho lo devolvió a la realidad. Su perseguidor le acortaba la ventaja a pasos certeros y veloces. Creía que podía ver a sus espaldas cómo el enorme torso de su perseguidor inminente se le hinchaba del aire enrarecido de la glacial mañana. A él, su Dios ya lo había abandonado, no le restaban más fuerzas ni las reservas de dónde extraer otras fuerzas. A su enemigo, en cambio, el demonio lo ayudaba a alcanzar velocidades imposibles contra las cuales un buen cristiano no podía oponerse.
Cruzó por el callejón hacia un muro de elevación media y saltó sin mirar adónde desembocaría. Al caer, lo invadió un dolor intenso e inmediato. Miró hacia hacia sus piernas. Su tobillo se le había doblado. Agotado, bañado en puntos de sudor helado, arrastró los pies a través del oscuro y frío patio. Se distrajo con la visión, ya que había clareado un poco y entre la densa niebla descubrió que se hallaba en el patio de un monasterio. Frente a sí observó una hermosa fuente. Le pareció reconocer a la efigie en bronce de cuya trompeta emergía un chorro de agua. Se trataba acaso del Apóstol salvador de la plaza de Cuzco, donde hacía más de cuarenta años su fe en él los había impulsado a la victoria. Le habría enviado su Dios una señal de que sería salvo una segunda vez? Sintió el impulso de arrojarse al agua helada para apagar la sed de su cuerpo y, con ello, relajar su brazo izquierdo que, duro e hirviente, le ardía y sangraba como si se lo hubieran abierto de una estocada. Quería, después de refrescar su cuerpo, arrodillarse y rezar a la espera de su contrincante.
En vez de refrescarse en la fuente y orar, se perdió en pensamientos. No supo por cuánto tiempo estuvo fuera de sí. De pie en medio del patio, frente a la fuente y en silencio, recordó por qué era tan importante que no muriese en manos de aquel satánico malvado. Por lo menos, no antes de que la noticia se encontrare a buen recaudo. Un deseo renovado de supervivencia, la sensación de que no todo estaba perdido, le devolvió una pizca de conciencia. Se descubrió curvado, a punto de sucumbir al peso de su cuerpo. Luchó contra su cuerpo. Primero, se irguió. Luego, avanzó como pudo hacia la fuente, sujetándose el brazo inmóvil y arrastrando su pie doblado. Con el brazo que aún le era útil se palpó las túnicas y sujetó un bolso que llevaba oculto entre las ropas. Le costó un esfuerzo descomunal, pero logró mover su brazo libre. Apuntó hacia un agujero negro empotrado a una pared del convento. La bolsa silbó por el aire y logró atravesar la ventana. Ahora quedaban tres opciones para aquel secreto: que se perdiese por siempre, que lo recuperase el enemigo o que lo descubriese una mano amiga. Que Dios decidiese, pues ese futuro ya no estaba en sus manos, sino en el de la divina providencia. Y ese futuro, fuera del gusto de quien fuera, ya era una mano decidida.
Pensó en gritar. Tal vez podría alertar a los monjes y algunos de ellos saldrían al patio. Serían su escudo de defensa o, en el mejor de los casos, su presencia espantaría al feroz infiel, quien se encontraría a descubierto y en desventaja. Pero antes de que lo intentara, el dolor de la nada aumentó y le llegó hasta las sienes. Intentó sobreponerse una vez más y resistir al mareo que lo llamaba a caer y dejarlo todo a la suerte. Paró. Intentó tomar aire. Abrió la boca y exhaló con toda la fuerza que le quedaba. Pero ningún sonido útil emergió de su garganta, sino, todo lo contrario, un gemido débil que no podría llamar la atención de nadie allá adentro.
El ruido que escuchó lo obligó a voltear el cuerpo, promovido por el miedo, con lo que le restaba de energías, no sin que antes pausara, como si supiese que sería su último amanecer, a darle un vistazo al cielo violeta que se encendía y clareaba el patio a medida que avanzaba la madrugada. Miró con dirección a la cerca. Encima del muro, emergió la figura enemiga. Apenas lo vio, un temblor lo sacudió desde la médula hasta las plantas de los pies. Era increíble que sintiera eso. Se había creído por encima del miedo, que para él era cosa de indios y de mujeres.
El guerrero enano se descolgó del muro como si aquel fuera su arte. Avanzó sin mirarlo, sabiendo que no había peligro. Daba pasos medidos, calculados. Sus ruidosas sandalias eran lo único que resonaba entre los muros del patio aparte de su propia respiración ajetreada. El guerrero se situó a pocos pasos de él, quien, jadeante y con el pecho apretado, no pudiendo respirar más el aire fino y reseco de Potosí sin atorarse, cayó de rodillas. Nada más se movía alrededor. Ambos se miraron, midiéndose el uno al otro. Reinaba un silencio completo por todo el patio.
Sabía que, aparte de la enredada maraña que dictaba su final, en el fondo sería por una mujer que moriría, y por lo menos eso lo dejaba más tranquilo. Moriría enfrentado con Dios, habiendo pecado infamemente por haberla tomado en sus brazos y gozado de su cuerpo, por habérsela robado a ese afeminado de Loyola, su futuro marido y pieza de esa conspiración que ahora era su deber desvelar. No quiero ir al infierno, pensó. No quiero ir al infierno y no debería, aunque haya fornicado con esa mujer. Es mi deber salvar a Dios de esta infamia jesuita, salvar a mi Rey. Casi creía poder ver su imagen, la imagen del Rey de España, mirándolo con dulzura, perdonándolo, orando por su salvación, ofreciéndole la mano como si fuese el más especial de sus súbditos.
Y entonces recordó sus manos de piel como la madera más refinada que existiese. Él las había apretado tiernamente mientras la libraba de las mantas que le cubrían el cuerpo. Recordó, también, su aroma tóxico que parecía manarle de su piel erizada y cuya fuente más dulce eran esos pezones negros que había besado como si ése fuera el único objeto de su vida. Había disfrutado de sus labios como un pordiosero desnutrido lo hiciera con su pan. En medio de esa oscura selva negra de pubis había bebido de su himen virginal y se había hecho hombre y a ella la había dejado mujer. La había poseído completa y la había hecho gritar como se hace con un caballo cuando se lo azota en el sudor y fuego salvaje de la batalla. Sintió que había cabalgado sobre ella como si de un maravilloso ser mitológico se tratase y que había vaciado toda su alma dentro de su cuerpo del color de la madera más bella.
Y habían dormido juntos como si fueran marido y mujer, como si todos los años del mundo y todos los documentos de la tierra los respaldaran. Se habían mirado desnudos como si un solo linaje los uniera y estuvieran destinados a amarse por siempre en aquel catre. Y fue en esa cama, con Beatriz Clara Colla abrazada y apegada a él como una criatura, había sido descubierto por un tío de la princesa, quien había gritado la tragedia y puesto a un contingente entero a perseguirlo.
A caballo escapó de la celada, consciente de que había arruinado la virginidad necesaria de la princesa, la que requiriera el Papa Negro para invocar una nueva monarquía y concebir un varón que fuese emperador. Una mujer y una aventura, como con todo héroe de toda historia digna de ser contada. Por causa de Eva, Adán perdió el gobierno del paraíso. Por causa de Helena, Troya ardió y se perdieron sus augustos edificios y palacios para siempre. Y esto fue lo que le dijo al enano cuando este se acercó lo suficiente y, en vez de acabarlo, se sentó a observarlo con un gesto de curiosidad en los ojos. Él también decidió que se sentaría. Había llegado la hora del enfrentamiento, y su oponente había escogido las palabras como primera arma.
Por qué no me acabas, le alcanzó a preguntar con un hilo de voz, respirando muy hondo, casi en la frontera donde su alma podría fugarse para siempre hacia los subterráneos de la muerte. El enano, sentado al frente de él, no se interesó en responder. Sólo lo observaba.
El Enano empezó a hablar. Había dejado sus dagas posadas sobre el suelo y había adoptado la posición de los Guereros de Tijera cuando meditan. Sin duda, se trataba de uno de esos pactadores del diablo, de esos asociados a los jesuitas y gestores de la horrorosa rebelión que había intentado deponer
Has mencionado a Helena de Troya, dijo el Enano en pésimo español e intercalando expresiones en Quechua. Has mencionado que imperios enteros han caído por culpa de las mujeres. No obstante, le dijo, había sido gracias al fuego mortal que sobrevino a los troyanos, que un nuevo imperio vio la luz de su signo despertar y ascender a través de las constelaciones celestiales. Aunque la armada griega regresase victoriosa a conocer el reinado minoico luego su esplendor clásico, el sol del Peloponeso ya había ingresado a la bóveda declinante de su atardecer y se doblegaba en el horizonte agachando la cabeza frente al hermoso y rampante sol romano que por encima lo superaba.
Pero todo eso no se lo decía el Enano. El Enano sólo había mencionado a Helena. El resto era fabricación de su propia mente, de su propia conclusión sobre las cosas que acontecerían. Pues lo que dijo el Enano es que lo que falló con Troya fue que Helena no parió hijos de Paris, su raptor. En cambio, Hidalgo, dijo el Enano, aunque le hayas robado la virginidad a su alteza y con ello hayas arruinado la estirpe de los Loyola, también nos has entregado un hijo concebido con esa virginidad. Y ello es suficiente. Y por ello es que no voy a matarte.
Le parecía que su vida la había vivido en otra estación. Fue una primavera que le había durado hasta la llegada a la Villa Rica de Potosí. Luego, dos vidas nuevas. Un verano y un invierno. Un infierno. Frente al guerrero ataviado de un largo manto de poderosos "tokapus” bordados, pensó que no era él, que sería otro quien moriría. Pero al mismo tiempo, lo invadía el sentimiento contrario, de que lo anterior eran invenciones, que otro habría vivido su vida por él. Perdía, por momentos, la cordura; y la recuperaba y lo sorprendía que el guerrero continuase observándolo como una estatua más y aún no se hubiese lanzado a acabar con todo.
Lo que sería la violación de la princesa, ese cuidadoso plan que habían cavilado junto con el obispo, prevendría la abominación que se maquinaba en Cuzco y de la que participaba más de un español libre y, claro está, que dirigían los jesuitas y las Panacas cuzqueñas perjudicadas tras la pacificación de Vilcabamba. Lo había descubierto todo al infiltrarse en la intimidad de los preparativos para el próximo casamiento de la princesa Isabel con el sobrino de San Ignacio de Loyola. Ellos serían los tontos útiles, los fecundadores de un heredero de ambas naciones que gobernaría sobre una nueva Roma, una nueva Roma erguida por las riquezas del Cerro Rico, una nueva Roma llamada la Villa Rica de Potosí.
Recordaba el rostro adusto y serio del Obispo cuando se lo ordenó. No habría tiempo ni justificación para acabar con el matrimonio. La evidencia era muy escasa, y no contaba con autorización para emplear las armas. Pero, si no actuaban, pronto se habría forjado un linaje capaz de reclamar el trono del Perú y acabar con la propia España. Era conocida la predicción de un sacerdote al Tsar de Moscú, de que habría una tercera Roma. Y esa tercera Roma no podía ser la Moscú de 1600. Tendría que ser la luz de América, la descomunal y rica Potosí.
Por ello es que se había acercado a esa adolescente y había procurado la oportunidad de acabar rápidamente con su virginidad. Pero, como en toda tragedia, no había conseguido controlar sus impulsos, y se había enamorado de ella tanto como ella de él. Y fue en ese coito amoroso que acabaron con sus virginidades y él con los votos que había jurado en su orden y que lo condenarían eternamente si no fuera por la absolución que habría venido directamente del Papa en Roma, espantado con los planes de la Compañía y al tanto por la vía del Obispo, su protector.
Despertó en la oscuridad de lo que parecía una caverna y creyó tenerla al lado. No podía distinguir aún ninguna forma discernible, pero estaba seguro de que un cuerpo cálido lo acompañaba en el catre que ocupaba. No podría ser ella en esta oscura mazmorra a la que lo habían arrojado aún inconsciente. Tanto había permanecido en la tiniebla su mente que le costaba recobrar la lucidez y erguirse en este oscuro pasadizo. Tardó en darse cuenta de lo que sucedía cuando intentó asirse y levantarse. Estaba ciego. Lo habían cegado. Y cuando quiso gritar y maldecir a sus captores por esa innobilísima tortura, descubrió algo más terrible. Le habían cortado la lengua, sin duda para que no hablase. Y finalmente, supo la última suerte que le habían reservado, cuando quiso levantarse nuevamente y descubrió que tenía muñones en vez de manos, que no tenía dedos ni palmas, que lo habían mutilado, sin duda, para que no tuviera forma de contar lo que sabía.
La mujer que tenía al lado lo besó en los labios y le susurró a los oídos unas palabras en quechua que sonaron tristes, como una despedida. Sabía que era la voz de Isabel. Vino varias veces a abrazarlo y a besarlo, a llorarle en su lengua triste y agria. Finalmente, después de una ausencia de nueve meses, la última vez que vino a visitarlo pudo escuchar las risas de un chiquillo que corría en los pasillos tras la puerta. Era su hijo, el heredero al trono que los jesuitas preparaban para ese vómito endemoniado que sería el Imperio Romano de Ultramar, con un Emperador Mestizo. Isabel había abandonado el recinto, pero se escuchaban pasos aún. Alguien se había quedado tras la salida de la princesa. Por sus pasos cortos y precisos, aunque no pudiera ver nada, supo que el guerrero del demonio había vuelto, y que esta vez le cobraría la vida que habían preservado sólo hasta asegurar que la princesa pariera su crío. Ahora, podían matarlo. De todas formas, ciego, mudo y mutilado no serviría de nada, no podría contar la historia que sabía.
Para su sorpresa, no lo mataron. Lo soltaron en una calle gélida en medio de la noche de la Villa Rica. Sabía por la temperatura y por el aroma del viento que se aproximaba la madrugada. Hubiera querido correr hasta el convento y descubrir si la carta al Obispo donde contaba todo aún seguía en su punto de aterrizaje, o si alguien la había rescatado y enviado a su destinatario, de modo que por más que su vida había seguido la peor de las suertes, al menos se preparaba una respuesta para acabar con la abominación y restituir el imperio de la ley a los Reinos de España y sus colonias. Lo horrorizaba el concepto de que su propio hijo fuese quien perturbase el orden impuesto por el Dios Cristiano en estas tierras y, por ello, creía firmemente que sería mejor que muriese joven en manos de alguno de sus colegas dominicos cuando les pusieran las manos finalmente a esos diabólicos jesuitas, a esos guerreros del infierno, a esos malditos nobles inkas, conspiradores de satanás. Se arrojó a un río y, como no podía nadar, se adormeció ahogándose en el fondo helado de la corriente y creyó que podría aún evitarse, gracias a esa carta, la caída de España, su patria, y la perdición de su estirpe.
Um comentário:
qué buena!!!!!
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